El dibujo de la etnografía

Laura Lara observa, escribe y dibuja. Ella decide presentar su ejercicio etnográfico de la manera que bien sabe hacer: dibujando a lápiz. Es tan cuidadosa en la descripción de don Rodrigo, como lo es, en cuanto a sus trazos. Su trabajo no nos deja olvidar de las generosas y creativas maneras de mirar y de pasar lo detenido en la observación al registro.


Gratitud a Laura Laura, estudiante de VII semestre de Diseño Visual del Colegio Mayor del Cauca. Ejercicio etnográfico realizado en la clase de Antropología.

El omnipresente fordismo

Rosa Patricia Quintero Barrera

Qué se muevan las industrias, cantan Los Prisioneros. La frase alude al sistema económico, que tuvo gran empuje con la Revolución Industrial, y los subsecuentes cambios estructurales en la economía del mundo occidental. Desde allí, se marca tarjeta al ingresar a las industrias para dejar constancia del cumplimiento de horarios, de la realización de actividades repetidas y seriadas, de la sumisión a las órdenes, a investirse de uniformes tanto corporales como simbólicos que indican la pertenencia de facto y mental a quienes pagan los sueldos. Ya canta Alberto Beltrán en ‘El negrito del Batey”, porque el trabajo lo hizo Dios como castigo.

Así, inició ese miércoles 8 de marzo en la Ciudad de Paredes Blancas (Popayán – Colombia). Las personas atravesaron el Parque de Caldas, transitaron afanadas, recién bañadas, colocadas para llegar a sus lugares de trabajo. Algunos jóvenes lucían uniformes de instituciones educativas, se preparan para ingresar en breve al mundo laboral, a vender su fuerza de trabajo, de acuerdo a su especialidad en los oficios y en las profesiones, a representarse en lo social en esta sociedad de la toga como diría Bourdieu.

Sin embargo, en medio de los transitares humanos, algunos se instalaron en lugares definidos en el Caldas, como los lustrabotas, los que vendían maíz para detener a las palomas que aún motivan a conversar con ellas y a hacerles fotografías, quienes vendían minutos, el señor que ofrecía: ¡Tamales a la orden, grandes y calientes! Ellos y otros más, vendedores informales, sin seguridades, invisibles para la economía que excluye a muchísimos colombianos, de contar con un sueldo mensual y las debidas garantías legales propias de un contrato de trabajo.

Entre tanto, en la banca del lado, otro señor habló por celular en tono energético. Resultó inevitable, detenerse en la etnografía de voces; además porque el tema de su conversación motivó a relacionar con la productividad que se exige en el social:

– Y don Jesús está también tirado en el lecho?

– Y vos que? Feliz día mujer! Rocío usted tiene que dejarlo que sufra, tiene frío que sufra frío, tiene chucha que se eche limón con sal. Usted trabajando, matándose el lomo. Y lo poquito que se gana se lo va a gastar en él? Déjelo que lleve del bulto. Deja la bulla, ponete seria. La verdad es que nada aprende.

Se le cortó la llamada, y la restableció para seguir con su perorata durante largos minutos:

-Usted sabe cómo es la vida. Usted trabaja, así debe ser. Estoy mamado, cansado de decirle. Ese muchacho va a ser un berraco problema como Sebastián. Si ve! Los muchachos no son bobos!

La consecución del dinero, por el medio que sea, por el que se pueda, forma parte de las prioridades actuales. La mayoría se ajusta a las normas de los sistemas pautados en términos económicos, políticos, religiosos; lo que no necesariamente implica una responsabilidad ética. En Colombia en son de chiste se habla del onceavo mandamiento –no dar papaya-, seguido por –a papaya puesta, papaya partida-. Por supuesto, recuerda los diez mandamientos de la tradición judeocristiana, con la extensión que acá, para algunos es berraquera, pujanza, avionada que implica no dejársela montar, pero sí alguien lo permite, sí alguien da papaya, entonces toca montársela, porque el vivo vive del bobo.

Bastaron unos pocos minutos de observación, para evidenciar la omnipresencia del cumplimiento de horarios y de la sumisión a órdenes que motiva a los jóvenes para preparar su inserción en el mercado laboral y los que ya definieron cómo se desenvuelven en los mundos de las empresas, a levantarse temprano para acudir a donde les corresponde, para invertir su tiempo útil del día haciendo muchas veces actividades arbitrarias y desmotivantes. Porque como increpaba el señor de la banca del lado, a don Jesús y a Sebastián que aún estaban durmiendo y por lo tanto, no estaban prestos a romperse el lomo y que constituían un gran problema; o sea, una carga económica.

Voy a llegar a la gran máquina/Todo es oscuridad/Si agacho un poco la cabeza/Nadie me descubrirá; cantan los chilenos, parece ser el sentir de muchos trabajadores de una obligación que toca cumplir por el miedo a que les cierren las puertas de las industrias, “el que no tiene miedo a perder el trabajo, tiene miedo de no encontrarlo” plantea Eduardo Galeano. Por eso, seguimos madrugando, colocándonos al trajín del estudio y del trabajo, para participar de esta ontología política-económica; ojalá en la que prime la moral de no atropellar a los demás, de no aprovecharse de la eventual falencia del otro, de actuar con honestidad y solidaridad hacia los demás, para construir unos mundos más incluyentes y plurales. Mundos en donde cumplir con las responsabilidades individuales y sociales no sea un castigo, ni esté impulsado por el miedo al marginamiento; sino en donde el transitar por lugares reiterados, como el parque de Caldas, sea la seguridad de encuentros gratos de crecimiento y disfrute.

 

 

La otra mira de Campanario

La otra mira de Campanario recuerda las posibles maneras de sentirse y de narrar lo observado, a partir de quién siente y escribe sobre lo que ve. En este bello texto, Luz Helena, es generosa y sincera al contar con sus propios términos cómo percibe el consumo, la publicidad, la acumulación, la bulla y lo ficticio que nos ofrece un Centro Comercial de una ciudad, en donde los artificios de objetos -la mayoría innecesarios- se exponen para ser soñados y sí se puede, comprados.

Ella contrasta dos mundos: el de quienes viven inmersos en el capitalismo y el de ella -el mundo Misak-, en donde la opulencia del verde y de la solidaridad, no dejan olvidar que otras cosmologías y maneras de sentir la vida son posibles.

Gratitud a Luz Helena por permitirnos publicar su escrito y re-conocer la otredad

Por: Luz Helena Almendra Aranda

Al llegar a Campanario, admiré todo lo visto por mis ojos, sólo caminaba a donde la profesora y con afán. Pensé por qué hay un mundo de lujo, obvio no va ser para todo el mundo, yo ya había caminado por algunas partes antes, sólo que omito con quien, y el por qué, un pasado que no olvido al caminar allá, pero no importa, llegué como primera vez a ver, que es lo más triste. Mi padre me decía: nunca se entra a ver cosas sin tener plata, pero una miradita no pasaba nada.

Campanario lo veo como un castillo para princesas, príncipes y reyes, donde su patio de bailes es grande y lujoso, todo de oro, donde todos los acudientes a ese castillo son personas de alta economía. Observando tanto producto, no miraba su validez, o su sabor, o su belleza, sino qué hay detrás de todo ese castillo, qué hay detrás de esas paredes tan relucientes, qué hay detrás de tanta gente creyendo ser ilustres.

Miré fijamente sus patios profundos, llorando por tanta construcción sólo para satisfacer a los reyes. Los siervos estaban tan en ese mundo obedeciendo que pensaban que eran uno de los reyes, y dejaban poco a poco su moral, ética, o algunos sólo por ser incluidos en ese mundo trabajan arduo solo para seguir siendo ignorados y nunca salir del puedo dado.

Al ver personas (los reyes o príncipes de ese castillo) vi que su razón los dominaba, y que su alma, se había alejado demasiado, alma donde los llena de sentimientos verdaderos solo se alimenta de amor y paz. Pero sólo viven en medio de oro, joyas, plata, y los llena el egoísmo, el poder, y no ven más allá de su realidad, o de su pueblo que lucha, trabaja día a día, para que ellos vivan como están.

Ese castillo es uno de tantos en el mundo que es completamente mágico, donde lo mágico son sus trabajadores; y sí sus raíces se desgastan, mueren, o ya no pueden más, se derrumbaría como en un terremoto, que sin piedad hace caer lentamente ladrillo por ladrillo, dejando que brille la igualdad, y liberando a miles de esclavos del maltrato, o violencia laboral; sé que en esta vida si no se trabaja, se muere de hambre, pero sé que la unión hace el hombre un hombre igualitario, pero la realidad es que gana la desigualdad arrasando con todo y que a pesar de eso luchamos por salir adelante, porque unos nos nacen con estrellas y otros nacen estrellados.

Sólo digo que la observación me demuestra, lo poderoso que son un pueblo unido, pero que esa unión sea para servicio de todos no de unos cuantos, casi no voy allá no porque no pueda, sino porque, duele ver personas que no están satisfechas de la vida, o que fingen estar felices. En cambio, mi mundo a pesar de no ser un castillo ni de ladrillos, si es árboles grandes que abrigan mi ser, terrenos extensos que brillan de felicidad al seguir produciendo agua para todo el mundo, este mundo mío tan pequeño pero a la vez inmenso en sabidurías y natural ello lo hace más valioso que todo el oro o la plata, un mundo de estrecha relación entre hombre y naturaleza donde ahí si hay igualdad se respetan uno a otros y permanece en pertenencia mutua.


Luz Helena Almendra es estudiante de tercer semestre de Diseño Visual del Colegio Mayor del Cauca. Este escrito fue realizado por ella para la Asignatura de Métodos de Investigación.

Tzvetan Todorov y el descubrimiento del otro

todorovRosa Patricia Quintero Barrera

 

Tzvetan Todorov, piensa y vuelve a pensar sobre su propio quehacer intelectual y vital. Le conmovió tanto, su tránsito de la Bulgaria Comunista a la Francia Demócrata Liberal, al punto de asirse al estudio de lo que sucede cuando se encuentran los mundos. Cómo se piensa, se entiende o no se entiende al otro.

Su oficio de Crítico Literario le permite situarse entre él mismo y sus sujetos/objetos de estudio. Se detiene en la historia de los conflictos, sin dejar de lado las presencias inherentes, quien escribe y el hermeneuta de sus textos; ya que en últimas, ambos terminan familiarizándose con ciertas problemáticas de estudio. El intelectual mira desde sus herramientas abstractas, se le convierten en improntas conceptuales y metódicas de viajes de encuentros con esos otros, también dotados de identidades.

Todovov se tomó cuarenta de sus años para escribir su primer libro, La Conquista de América, porque el tiempo precedente lo dedicó a estudiar y a estudiarse, quizás a anidar filosóficamente. Su maravilla por América, nació en un curso de Crítica Literaria que hizo en México, y para narrar el mundo que quiso ver, se dejó atrapar por los relatos. Por eso, cuenta la Conquista de América valiéndose de historias de los Conquistadores; como aquella en que Cristóbal Colón, alardeando de sus saberes astronómicos, que le anticipaban un eclipse, amenazó a los oriundos de la costa de Jamaica, con robarles la luna sino le daban alimentos a él y a su tropa.

Todovov va más allá del texto, más allá de la descripción; le da por detenerse en las proyecciones de sueños y de fantasmas sobre realidades que se juntan -a ratos- entre quien estudia y los sujetos protagónicos de fragmentos de vida.

Les dejo con su propia voz, en la siguiente entrevista a cargo de los profesores Miguel Giusti y Fidel Tubino en el campus de la Universidad Católica de Perú:

Etnografía de sonidos y voces

Rosa Patricia Quintero Barrera

Los cueros y el son de Niche, interrumpen la cotidianidad, con sus voces: ¡Si por la quinta vas pasando! Es mi Cali bella que vas atravesando. Se junta con el ruido de la moto, con los pasos del hombre que trepa la escalera metálica para armar la estructura de guadua en pleno Parque Bolívar, con la cadena de la bici, con el saludo de los compadres que hacía tiempo no se veían. Llega el joven que ofrece planes de celular: ¡Buenos días! ¿Cómo está, le interesa un plan con Claro? Ya maneja plancito. Ahhh bueno, qué esté bien.

El punto de fuga de la mirada etnográfica queda detenido por un instante en la barra de Tintindeo Salsa BarClub. Allí varios hombres comparten unos guaros: ¡Oiga mona, acompáñenos! Ella les regala un no, con una mirada coqueta, aunque las ganas no se le quitan. Hablan duro porque  –si por la tarde las palmeras, se mueven alegres, la noche está esperando fiesta- continúa esparciéndose por el ambiente. Llegan al convite Willy Colón y Celia Cruz; hasta que Gan Gan y Gan Gon al modo de Richie Ray y Bobby Cruz, quedan interrumpidos por la publicidad rodante, que a través del altavoz invita al Estadero campestre El Arado a la Viejoteca que da la bienvenida al final del 2016.

Muy cerca, Maryuri ocupa una banca del parque. No me sigue el diálogo. Está concentrada escribiendo. Su mirada está detenida en algo que después leeré, se encuentra en ese preciso momento de la etnografía en que observa con todos sus sentidos, convierte en palabras escritas fluidas y creativas, lo que sus ojos tienen a bien resaltar de lo cotidiano. Carlos dice: acá se percibe el olor a comida, el viento lo trae: sopas y caldos. A él, también le llama la atención el escaso ruido de carros, le genera algo de tranquilidad el estar en una ciudad más pequeña, menos globalizada que la capital del Cauca.

Llega una oleada sonora con Yo me levanto por la mañana, me doy un baño y me perfumo, me como un buen desayuno y no hago mas na’ mas na’ del Gran Combo, que recuerda a esos hombres instalados en el Tintindeo Salsa BarClub, que siguen conversando sobre los acontecimientos de la semana, de la política del país y de las mujeres que desean; mientras brindan con Caucano Verde y Póker.

Detengo el andar en los Funerales La Ermita. Allí Rocío me ofrece planes funerarios, que contemplan distintas calidades de ataúdes y de servicios. Los cofres están sobrepuestos, lucen diferentes colores, aguardan algún cuerpo frío pronto. Rocío habla de las religiones y de los rituales que cada una dispone para sus creyentes. Comenta de las querellas entre parientes que profesan creencias diferentes, evidentes en el momento de definir las ceremonias fúnebres a sus difuntos. También se refiere a los costos, a los entierros y las bóvedas para quienes son sometidos a la cremación. Reanudo el recorrido por el mercado sabatino, registro expresiones que quieren asistir alguna necesidad de compra:

…por acá señor, por acá caballero, con mucho gusto, ahora sí fue cierto, se armó el bumbum, es cortesía para todos, les entregamos la degustación de arroz flor huila platino para toda la familia, sí la sacó a pasear, venga la atrae a que deguste el arroz, vamos entregando el cachetero para la niña, gafas desde $2000, todo en remate, aprovechen aprovechados que estamos votados, prestobarba a $500, brasier, media a $1000, remates, contra-remates en Varidades Jerry

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Dentro de la Galería en todo su centro, se encuentra Nuestra Señora de Fátima. A su cuidado están 55 peticiones y agradecimientos, algunas son individuales, secretos; otros colectivos. Cada llamita encendida de las veladoras de distintos colores y tamaños envuelve historias y añoranzas que no se conocerán, que sólo forman parte de la vida de quien eligió el color, talvez al encenderla también hizo algún rezo, siempre con la ilusión del milagro.

¡A la orden, mamita!

Me cautiva el señor bello, que está por los sesenta y tantos años. Vende canastos, cucharas de palo y materas. Me le llevo dos jabones de tierra. Ahí, me atrapa doña Elsa, que tiene aguacates y hierbas. Ella habla sobre los riegos, que no les dan a algunos, porque la gente no sabe. Su local no es tan grande. Arma dos atados verdes. Uno con nogal, ajenjo, altamisa, romero, alcachofa, hoja de naranjo agrio y ruda. El otro contiene manzanilla, hinojo, viravira, albahaca que no puede faltar, destrancadera de páramo seca porque -no la traen todos los días, abrecaminos original de la costa de la parte caliente-, valeriana y mejorana. Doña Elsa se esmera en explicarme sobre las propiedades de las plantas, a la vez que refuerza la enseñanza que gusta dedicarle a su hijita, quien ya sabe reconocer los olores, texturas, nombres y tantos usos de las plantas aromáticas, dulces y amargas. Insiste en los días en que se deben hacer los baños y riegos; recomienda tener prudencia con realizar rituales mágicos los domingos, porque es el día dedicado a Dios.

118_7157Ya culminando el periplo hacia el parque, qué me va a comprar, ¿a cuánto me da esto? Deme $45.000 para que se la lleve, le dice el vendedor a la señora que quiere lucir, justo esa chaqueta. Al lado se encuentran dos familiares, el más joven saluda en nombre de Dios, ¿cómo está el tío? Se abrazan y conversan, con la calidez de dos generaciones que se juntan en los afectos y en la vida. Las voces no dejan de llegar al diario de campo: ¡me gustó este ma´, me lo rebaja!, lleve la taza. Y de nuevo música, ésta vez del Mahattan Disco Bar, un cuadro es incoloro, desvanecido del color, le dije a mi corazón que te olvidara, en dónde estarás, nadie lo sabrá.

Por fin, me encuentro con mis compañeros que se acercan a la etnografía, a deleitarse con el estudio de la cotidianidad de los humanos y a la maravilla de escribir. Conversamos sobre los antagonismos de las situaciones: los divertimentos, el alcohol, las músicas, los sonidos de los vehículos, los olores, las arquitecturas, la inmanencia de las creencias, la diversidad étnica y cultural, la vendedora de maní, los intercambios económicos, el amor, la melancolía y el abandono de las muertes.


Relato inspirado en una rápida etnografía centrada en el registro de voces y sonidos en la mañana del sábado, día de mercado en la pequeña ciudad de Timbío (Cauca-Colombia), el 5 de noviembre de 2016.


 

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Gratitud a Jenny Pajoy, Alex Yasnó, Carlos Valencia, Claudia Solarte, José Narváez, Anggie Mosquera, Andrés Solarte y Alejandro Erira; estudiantes del curso de Antropología de Diseño Visual del Colegio Mayor del Cauca.

 

 

 

 

Las casualidades y la Kaláshnikov

Rosa Patricia Quintero Barrera

Guillermo y su hijo se divierten juntos, al frente del televisor marca Sankey, con un programa de tríos de guitarras con voces. Luego con una comedia que logra arrancarles francas carcajadas a ambos, el padre se mece en su silla y el niño está sentado en el piso. Vamos a dormir que mañana hay que madrugar, pero antes mire lo que le traje. Y le mide un saco. Andrés se lo pone y exclama: ¡Me parezco al abuelo! Se van a descansar con la bendición del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

A Guillermo le llega un cajón, del tamaño de un ataúd pequeño. Al abrirlo descubre unas metralletas: ¡vida hijueputa! Esto nos va a traer problemas. A su mente se viene la situación de violencia por la que atraviesa el país y en particular su tierra antioqueña, en donde unos son soldados, otros son guerrilleros y a los otros nadie los quiere denominar. La cacería de brujas entre unos y otros logra aterrorizarlos a todos. Por eso, decide enterrar la caja en terrenos de su casa, pero antes, se guarda una de las Kaláshnikovs.

Mientras ocurre ese entierro metálico, Andrés en sus sueños se ve a sí mismo, vestido con su saco nuevo, camina descalzo por un suelo de madera, sólo iluminado con velas y escucha: cantemos mujeres, ya que el niño se va.

Al amanecer ambos, van a casa de doña Marina, quien le ofrece aguadepanela al muchacho. Guillermo aprovecha para preguntarle por el paradero de su esposa. Ella le responde que sólo ha escuchado chismes, que algunos dicen que la han visto en Medellín con el hijo de don Luis.

Luego, Guillermo busca a don Rafael para venderle la Kaláshnikov, recibe $500.000: tenemos que acabar con todos esos hijueputas, nos tienen locos. Le dice, al tiempo que le invita a formar parte de su ejército.

El hombre se interna por las calles del pueblo, con una sonrisa dibujada en su rostro por el producto de su venta y porque va a poder comprar la bicicleta que su hijo añora desde hace tiempo. Encuentra al cura en su oficio de confesar a los pecadores, a las chicas bellas que se ofrecen en el burdel, a los que se ocultan detrás de las cortinas para espiar a sus vecinos, escucha la música de carrilera.

Entonces, se antoja de quedarse en la cantina, un ambiente masculino, juegan billar, beben guaro, charlan, cantan. Saluda a un amigo. Brindan tragos dobles de Antioqueño hasta el fondo blanco. Ambos se van embriagando, la melancolía comienza a adueñarse de Guillermo: ¡Caliche, súbale, súbale, súbale! Porque quiso escuchar justo esa canción más fuerte. Ya borracho del licor y del dolor, canta para sí mismo: me dejaste la ilusión de mi existencia, me dejaste envenenada una herida. Él prefirió seguir embriagándose para pensar más en ella, que lo abandonó, sin darle explicaciones, sin dejarle un adiós. Siguió bebiendo como si fuese un exorcismo, para tenerla más cerca y a la vez, alejarla de sus sentires. El amanecer le sorprende con el sol en su cara, tirado en el andén de la cantina. Con esa conocida sensación que suele dar, que combina la liviandad del alcohol en las venas con la obligación social que se hace para aparentar sobriedad y, se va presuroso a su casa.

Al llegar, doña Marina le cuenta del tiroteo de la noche anterior, se encuentra con las miradas de los gallinazos que algo malo le vaticinan. Desesperado busca a su hijo, hasta que lo encuentra en el pastizal, pero ya yerto a balazos. El dolor es tanto que no le cabe en el pecho, abraza a su hijo, le acaricia, le llama, le llora, le extraña para siempre. Ya no pudo verlo más sonreír, ni siquiera al entregarle la bici que le había comprado antes de entrar a la cantina. Tuvo que enterrarlo con el traje nuevo en la caja en donde estaban las Kaláshnikovs que de manera extraña le llegaron. El altar lo tienen bien bonitico, tóqueme la marcha, mis ojos lloran, yo he de verte.  


Relato inspirado en el Cortometraje Kalashnikov (2013) Director: Juan Sebastián Mesa, proyectado en Popayán, Colombia, en el 8 Festival de Cine Corto de noviembre de 2016.

 

 

 

 

Discurso sobre escribir de Alfredo Molano al recibir el Premio a Vida y Obra Simón Bolívar

Para el sociólogo colombiano Alfredo Molano al merecerse el máximo galardón del Premio Simón Bolívar escribir es:

“Es ir hasta mis confines guiado por la vida del que está al otro lado. Para mí, escribir es enfrentarme al ruido y al tiempo. Los primeros palotes, largos y negros, hechos con un lápiz sin punta, desbordaban los renglones del cuaderno; cuando aprendí a hacer las letras, palmer, con pluma, las manchas eran mi firma… No aprendí a escribir bien a máquina, pero me gustaba oír el timbre al final de la línea. En una vieja Olivetti logré sacar en limpio una denuncia sobre las injusticias que a mi manera de ver se cometían en el colegio cuando cursaba tercero de bachillerato…

En la universidad mi escritura se volvió acartonada y seca, no encontraba ni el tono ni el tema porque mis lectores eran profesores… Mi primer libro, escrito a mano y con lápiz como todos los de aquellos días, tenía tantas enmiendas como frases. Contaba mi encuentro con los ríos del piedemonte, con las guerrillas y con la coca. No fue propiamente un libro sino un cuaderno de campo escrito en una canoa, en una hamaca, en una estación de bus. No buscaba contar sino contarme. Quería conservar el eco de una madrugada a orillas del río Guayabero oyendo los micos churucos –que gruñen como tigres mariposos–; la peligrosa desconfianza de los guerrilleros y el vértigo alucinado con que los colonos machacaban con sus botas las hojas de coca, para sacar de ellas lo que ninguna promesa de gobierno había hecho realidad…

Escribí buscando los adentros de la gente en sus afueras, en sus padecimientos, su valor, sus ilusiones. Borraba más que escribía, hurgaba, rebuscaba el acorde de las sensaciones que vivía la gente con las que yo mismo llevaba cargadas en un morral. Un río crecido, una noche oscura, un jadeo debajo del aguacero que golpea un techo de zinc, el terror de oír armas en las sombras eran caminos por donde entraba la vida que se jugaba en las selvas y por donde llegaba su soplo a mis letras. Creo que sólo ahí, en el acecho, en el peligro, en el miedo aparecía el reclamo de justicia que yo buscaba para contarlo.

Escribir para mí es templar mis más secretas cuerdas y por eso tengo que borrar hasta traspasar la hoja, hasta encontrar el tono de la pasión por la vida y por la belleza que tiene la gente con la que me topo. La gente cuenta cuando se le oye y lo hace con una sinceridad limpia, cuenta lo pasado como si lo estuviera viviendo, en presente. Y lo hace con generosidad, con soltura, con humor, con fuerza. Chisporrotea. No es difícil oírla porque habla lo que vive. La dificultad comienza cuando el que trata de escribir no oye porque está aturdido de juicios y prejuicios, que son justamente la materia que debe ser borrada para llegar al hueso.

Mi oficio de escribir se reduce a editar voces que han sido distorsionadas, falsificadas, ignoradas. No puedo escribir una línea que, de alguna manera, yo no haya vivido. Por eso no escribo una sola sobre tecnología de la comunicación, sobre química o sobre jurisprudencia. Y por eso escribo con gusto cuando lo hago en primera persona. Escribir para mí, es ir hasta mis confines guiado por la vida del que está al otro lado. Mi escritura –o lo que yo llamo así– es un puente construido sobre los escombros del prejuicio, incluido el mío. He pagado un alto precio por apartarme de la mirada oficial, la que llaman “políticamente correcta”: tan falsamente objetiva como parcial y aséptica. He tomado partido contra las imputaciones criadas por el interés privado contra la gente que anda por las trochas y por los atajos, por las calles sin asfaltar, y que nada esconde porque nada tiene que perder.

El país está lleno de prejuicios, sometido a ellos. Han sido construidos con método, calculadamente, a mansalva y sobre seguro. Surgen de los miedos e intereses de los poderosos. Y avasallan, envuelven y destruyen. No sólo no dejan oír, sino que tampoco dejan ver. O más bien, dejan ver sólo lo que a través de sus oscuros cristales quieren ellos que se vea: un mundo de buenos y malos donde estos no son nunca ellos. Desde hace más de un siglo se está elaborando esa mirada, esa muralla, esa frontera. Transgredirla tiene costos: el aislamiento, el señalamiento, el bloqueo, en fin, el arrinconamiento. No es posible seguir mirándonos con un solo ojo, debemos desnudarnos para saber quiénes somos, para poder vivir juntos con todas nuestras flaquezas y nuestros errores. Hay que ir más allá, el horizonte alumbra y llama. El tiempo de la sangre está siendo sepultado”.


Felicitaciones al siempre bienvenido Alfredo Molano, sus geniales letras juntas, nos inspiran tanto y a tantos. Gracias, compartimos el merecido premio.

 

Fuente: Las inspiradoras palabras de Alfredo Molano al recibir el Premio a la Vida y Obra. Revista Semana. 3 de noviembre 2016