Sobre el chisme

En el hábito de dedicarse a hablar de lo que otros hacen o deshacen, ocupa especial protagonismo el chisme. El teléfono roto que se va armando entre comunicaciones fragmentadas y amañadas que tienen las clarísimas intenciones de dañar los vínculos afectuosos que tanta energía han involucrado. A algunos les regocija distorsionar palabras y acciones, que al alterarles los contextos, construyen sospecha y amenaza a quienes – producto de sus inseguridades- les confieren la instancia de verdades absolutas.
El chisme es un poderoso control social, es una estrategia recurrente para difamar a ese otro, para hacerlo vulnerable. Su difusión polariza a las representaciones individuales y sociales: coloca a unos en lo moralmente aceptado/correcto/bueno y a otros en lo moralmente inadecuado/incorrecto/malo.
En los muchos casos en que se le da crédito – sin someterse a la posibilidad de la duda y de la confrontación- destruye y altera relaciones amistosas, laborales, amorosas. Puede incluso, acercarnos a la muerte de los encuentros que aún quedaban.  En el momento frágil en que sus repercusiones hacen que comencemos a olvidar las cálidas conversaciones, los abrazos de colores,  las letras respiradas, el ritual del café.

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