Las casualidades y la Kaláshnikov

Rosa Patricia Quintero Barrera

Guillermo y su hijo se divierten juntos, al frente del televisor marca Sankey, con un programa de tríos de guitarras con voces. Luego con una comedia que logra arrancarles francas carcajadas a ambos, el padre se mece en su silla y el niño está sentado en el piso. Vamos a dormir que mañana hay que madrugar, pero antes mire lo que le traje. Y le mide un saco. Andrés se lo pone y exclama: ¡Me parezco al abuelo! Se van a descansar con la bendición del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

A Guillermo le llega un cajón, del tamaño de un ataúd pequeño. Al abrirlo descubre unas metralletas: ¡vida hijueputa! Esto nos va a traer problemas. A su mente se viene la situación de violencia por la que atraviesa el país y en particular su tierra antioqueña, en donde unos son soldados, otros son guerrilleros y a los otros nadie los quiere denominar. La cacería de brujas entre unos y otros logra aterrorizarlos a todos. Por eso, decide enterrar la caja en terrenos de su casa, pero antes, se guarda una de las Kaláshnikovs.

Mientras ocurre ese entierro metálico, Andrés en sus sueños se ve a sí mismo, vestido con su saco nuevo, camina descalzo por un suelo de madera, sólo iluminado con velas y escucha: cantemos mujeres, ya que el niño se va.

Al amanecer ambos, van a casa de doña Marina, quien le ofrece aguadepanela al muchacho. Guillermo aprovecha para preguntarle por el paradero de su esposa. Ella le responde que sólo ha escuchado chismes, que algunos dicen que la han visto en Medellín con el hijo de don Luis.

Luego, Guillermo busca a don Rafael para venderle la Kaláshnikov, recibe $500.000: tenemos que acabar con todos esos hijueputas, nos tienen locos. Le dice, al tiempo que le invita a formar parte de su ejército.

El hombre se interna por las calles del pueblo, con una sonrisa dibujada en su rostro por el producto de su venta y porque va a poder comprar la bicicleta que su hijo añora desde hace tiempo. Encuentra al cura en su oficio de confesar a los pecadores, a las chicas bellas que se ofrecen en el burdel, a los que se ocultan detrás de las cortinas para espiar a sus vecinos, escucha la música de carrilera.

Entonces, se antoja de quedarse en la cantina, un ambiente masculino, juegan billar, beben guaro, charlan, cantan. Saluda a un amigo. Brindan tragos dobles de Antioqueño hasta el fondo blanco. Ambos se van embriagando, la melancolía comienza a adueñarse de Guillermo: ¡Caliche, súbale, súbale, súbale! Porque quiso escuchar justo esa canción más fuerte. Ya borracho del licor y del dolor, canta para sí mismo: me dejaste la ilusión de mi existencia, me dejaste envenenada una herida. Él prefirió seguir embriagándose para pensar más en ella, que lo abandonó, sin darle explicaciones, sin dejarle un adiós. Siguió bebiendo como si fuese un exorcismo, para tenerla más cerca y a la vez, alejarla de sus sentires. El amanecer le sorprende con el sol en su cara, tirado en el andén de la cantina. Con esa conocida sensación que suele dar, que combina la liviandad del alcohol en las venas con la obligación social que se hace para aparentar sobriedad y, se va presuroso a su casa.

Al llegar, doña Marina le cuenta del tiroteo de la noche anterior, se encuentra con las miradas de los gallinazos que algo malo le vaticinan. Desesperado busca a su hijo, hasta que lo encuentra en el pastizal, pero ya yerto a balazos. El dolor es tanto que no le cabe en el pecho, abraza a su hijo, le acaricia, le llama, le llora, le extraña para siempre. Ya no pudo verlo más sonreír, ni siquiera al entregarle la bici que le había comprado antes de entrar a la cantina. Tuvo que enterrarlo con el traje nuevo en la caja en donde estaban las Kaláshnikovs que de manera extraña le llegaron. El altar lo tienen bien bonitico, tóqueme la marcha, mis ojos lloran, yo he de verte.  


Relato inspirado en el Cortometraje Kalashnikov (2013) Director: Juan Sebastián Mesa, proyectado en Popayán, Colombia, en el 8 Festival de Cine Corto de noviembre de 2016.

 

 

 

 

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