¿Cómo explicar el dolor?

Felipe Andrés López García

De modo que ocupémonos sólo del dolor. Admito, y de buena gana, que sea el peor accidente de nuestro ser; soy el hombre que menos lo desea en este mundo, por eso lo huyo, y hasta ahora -¡gracias a Dios!- no tuve mucho trato con él. Pero nos corresponde, si no aniquilarlo, al menos atenuarlo con paciencia, y si ocurre que el cuerpo se altera por su causa, nos toca mantener el alma y la razón firmes ante el poder de su negación.

Montaigne, Ensayos, 1, 14

 

El dolor como complemento de la vida del ser humano, de la persona que siente cómo una herida se vuelve más profunda, cómo un sentimiento socava en las entrañas del alma. Eso tomado desde los sentimientos. Porque cuando hablamos a nivel físico, tomamos un medicamento, pastilla, jarabe, infusión, menjurje o cualquier pócima casera para mitigarlo. Pero cuando el dolor viene de las entrañas, de los más profundo de tu ser, eso tan inexplicable, que solo se soporta con una borrachera, acudiendo a los amigos cercanos, música que te recuerde tu angustia existencial para profundizar en tu masoquismo, ir a ese lugar donde todos concurren a lo mismo: llorar y maldecir a esa persona por el daño causado. Miremos lo que nos dice David Le Breton (1999) respecto al dolor y sus diferentes niveles de soportarlo:

“No existe una actitud establecida en relación con el dolor, sino una probable, pero incierta, reveladora a veces de resistencias insospechadas, o a la inversa, de unas debilidades inesperadas, una actitud que también se modula según las circunstancias. La anatomía y la fisiología no bastan para explicar estas variaciones sociales, culturales, personales e incluso contextuales. La relación íntima con el dolor depende del significado que éste revista en el momento en que afecta al individuo”.

Será que el dolor tendrá que ver con algo cultural, será que en varias partes del mundo o en todo el mundo harán los mismo rituales de sanación (por así decirlo) para curar un corazón roto, un alma rota, un espíritu hecho añicos. Es claro, que hay personas y en especial las mujeres que tienen el umbral de dolor más alto que el hombre, ellas soportan el parto y han sido preparadas por la evolución para aguantar la perdida de sus seres amados, entonces, eso explicaría que anatómica y fisiológicamente estén preparadas para ello.

Volviendo a ese dolor íntimo, a ese dolor interno que sólo se exterioriza cuando los recuerdos invaden nuestra mente, cada espacio recorrido, cada beso, cada roce, una mirada hace que los sentimientos afloren y se evidencien en llanto, esas lagrimas que hacen que nuestro corazón se desahogue y descanse. En la época del filósofo Aristóteles y durante mucho tiempo, el dolor era concebido como una forma particular de la emoción (Ética a Nicómaco, Libro II), que es una dimensión del afectado en su intimidad, pero esa intimidad se pierde en el momento que nos sentimos vulnerables, que nos acoge la depresión producto de ese dolor, de ese malestar causado por la persona que se ama, cómo se puede herir a las personas con una sola palabra, ese momento fulminante y que se siente como cada segundo se vuelve eterno, como el sudor invade cada milímetro de tu cuerpo y sientes que desvaneces en una infinidad de ideas y pensamientos. Lo importante es saber afrontar ese dolor, saber que es pasajero, que pasará y como cualquier herida sanará, como dice Buytendijk “El dolor es dos veces doloroso porque es al mismo tiempo un misterio que atormenta”, es como demonios  que nos persiguen, a quienes tenemos que exorcizar para seguir con nuestras vidas.

Para enfrentar el dolor y poder confrontarlo, tenemos que aceptar la realidad de la situación, afrontar las circunstancias y saber que por cada herida, es una pérdida de una batalla, porque al final llegara quien te ayude a ganar la guerra.


Gratitud al Antropólogo Felipe Andrés López García por compartir su bello y estremecedor escrito sobre ese dolor que nos respira sin sosiego cada vez que le damos espacio para hacer lo suyo en nuestros pensamientos y en nuestras diversas corporalidades.

 

 

 

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Lo predecible de saber preguntar

Rosa Patricia Quintero Barrera

El trabajo de campo como se le conoce al acercamiento a aquellos con quienes se quiere hablar a profundidad sobre algo, implica –tanto- interés de quien pregunta como de quien responde, para lograr enredarse ambos en el diálogo.

Así, ocurrió el encuentro entre dos conocedores de la etnografía y de sus propias historias. No sé, si entrevistar de esa manera sea propicio. Porque llegar a los puntos aparte o a los puntos suspensivos, a los silencios, a las omisiones que suelen decir más, convoca a la vicisitud de profundizar o de cambiar el punto de fuga. Conversar con alguien que transita movedizo entre  el método etnográfico, el tema y la vida misma, recuerda la pericia que no se quiere conservar para ahondar en los temas.

Tantas formas de entrevistar. Las más fáciles son las de preguntas establecidas seguidas por respuestas que se anticipan; y las otras, en las que también se prevé qué va a ser dicho, pero permiten un juego de palabras/miradas/complicidades más detenidas/elaboradas/dispuestas. Se alcanza a respirar antes el hipertexto que va a inundar el aire, que va a ser dicho. Sólo es la pericia de quien observa/induce/lleva casi a desiertos sin salida si tiene a bien detenerse o seguir.

Quizá similitudes buscadas, que satisfarán premisas por la obviedad que dispone lo empírico y lo que ya se conoce. Se quedan en lo vano/fútil/cotidiano del arte de saber preguntar. Anidan en el sinsentido, por el contexto de cualquier entrevista, en la que las respuestas se saben y las preguntas también.

Por eso, en la mirada antropológica preferimos la observación. Sin colocación/suelta/divertida/espontánea, in situ como dirían los que se guardan en el saber. Diálogos y encuentros de ethos que subsisten en el mismo calendario, pese a que las existencias no sintonicen. No tienen por qué acordar, son senti-razones plurales. Y justo, eso, hace tan excepcional/maravillosa/inquietante la naturaleza humana, que –siempre- merece ser sorprendida por unas ciertas notas en una libreta de campo; que con letras de tinta verde no sólo registran las palabras y las corporalidades, sino también las pausas, las metáforas y los silencios intermitentes que más cuentan.

 

Odio al año nuevo de Antonio Gramsci

Cada mañana, cuando me despierto otra vez bajo el manto del cielo, siento que es para mí año nuevo. De ahí que odie esos año-nuevos de fecha fija que convierten la vida y el espíritu humano en un asunto comercial con sus consumos y su balance y previsión de gastos e ingresos de la vieja y nueva gestión.

Estos balances hacen perder el sentido de continuidad de la vida y del espíritu. Se acaba creyendo que de verdad entre un año y otro hay una solución de continuidad y que empieza una nueva historia, y se hacen buenos propósitos y se lamentan los despropósitos, etc., etc. Es un mal propio de las fechas. Dicen que la cronología es la osamenta de la historia; puede ser. Pero también conviene reconocer que son cuatro o cinco las fechas fundamentales, que toda persona tiene bien presente en su cerebro, que han representado malas pasadas. También están los año-nuevos. El año nuevo de la historia romana, o el de la Edad Media, o el de la Edad Moderna. Y se han vuelto tan presentes que a veces nos sorprendemos a nosotros mismos pensando que la vida en Italia empezó en el año 752, y que 1192 y 1490 son como unas montañas que la humanidad superó de repente para encontrarse en un nuevo mundo, para entrar en una nueva vida.

Así la fecha se convierte en una molestia, un parapeto que impide ver que la historia sigue desarrollándose siguiendo una misma línea fundamental, sin bruscas paradas, como cuando en el cinematógrafo se rompe la película y se da un intervalo de luz cegadora.

Por eso odio el año nuevo. Quiero que cada mañana sea para mi año nuevo. Cada día quiero echar cuentas conmigo mismo, y renovarme cada día. Ningún día previamente establecido para el descanso. Las paradas las escojo yo mismo, cuando me siente borracho de vida intensa y quiera sumergirme en la animalidad para regresar con más vigor.

Ningún disfraz espiritual. Cada hora de mi vida quisiera que fuera nueva, aunque ligada a las pasadas. Ningún día de jolgorio en verso obligado, colectivo, a compartir con extraños que no me interesan. Porque han festejado los nombres de nuestros abuelos, etc., ¿deberíamos también nosotros querer festejar? Todo esto da náuseas.

Espero el socialismo también por esta razón. Porque arrojará al estercolero todas estas fechas que ya no tienen ninguna resonancia en nuestro espíritu, y si el socialismo crea nuevas fechas, al menos serán las nuestras y no aquellas que debemos aceptar sin beneficio de inventario de nuestros necios antepasados.


Fuente: Tomado textual del Libro “Bajo la Mole – Fragmentos de Civilización”, de Antonio Gramsci. Editorial Sequitur, Págs. 9-10. Disponible en

http://www.izquierdadiario.es/Odio-el-ano-nuevo-de-Antonio-Gramsci?id_rubrique=2653

 

Las casualidades y la Kaláshnikov

Rosa Patricia Quintero Barrera

Guillermo y su hijo se divierten juntos, al frente del televisor marca Sankey, con un programa de tríos de guitarras con voces. Luego con una comedia que logra arrancarles francas carcajadas a ambos, el padre se mece en su silla y el niño está sentado en el piso. Vamos a dormir que mañana hay que madrugar, pero antes mire lo que le traje. Y le mide un saco. Andrés se lo pone y exclama: ¡Me parezco al abuelo! Se van a descansar con la bendición del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

A Guillermo le llega un cajón, del tamaño de un ataúd pequeño. Al abrirlo descubre unas metralletas: ¡vida hijueputa! Esto nos va a traer problemas. A su mente se viene la situación de violencia por la que atraviesa el país y en particular su tierra antioqueña, en donde unos son soldados, otros son guerrilleros y a los otros nadie los quiere denominar. La cacería de brujas entre unos y otros logra aterrorizarlos a todos. Por eso, decide enterrar la caja en terrenos de su casa, pero antes, se guarda una de las Kaláshnikovs.

Mientras ocurre ese entierro metálico, Andrés en sus sueños se ve a sí mismo, vestido con su saco nuevo, camina descalzo por un suelo de madera, sólo iluminado con velas y escucha: cantemos mujeres, ya que el niño se va.

Al amanecer ambos, van a casa de doña Marina, quien le ofrece aguadepanela al muchacho. Guillermo aprovecha para preguntarle por el paradero de su esposa. Ella le responde que sólo ha escuchado chismes, que algunos dicen que la han visto en Medellín con el hijo de don Luis.

Luego, Guillermo busca a don Rafael para venderle la Kaláshnikov, recibe $500.000: tenemos que acabar con todos esos hijueputas, nos tienen locos. Le dice, al tiempo que le invita a formar parte de su ejército.

El hombre se interna por las calles del pueblo, con una sonrisa dibujada en su rostro por el producto de su venta y porque va a poder comprar la bicicleta que su hijo añora desde hace tiempo. Encuentra al cura en su oficio de confesar a los pecadores, a las chicas bellas que se ofrecen en el burdel, a los que se ocultan detrás de las cortinas para espiar a sus vecinos, escucha la música de carrilera.

Entonces, se antoja de quedarse en la cantina, un ambiente masculino, juegan billar, beben guaro, charlan, cantan. Saluda a un amigo. Brindan tragos dobles de Antioqueño hasta el fondo blanco. Ambos se van embriagando, la melancolía comienza a adueñarse de Guillermo: ¡Caliche, súbale, súbale, súbale! Porque quiso escuchar justo esa canción más fuerte. Ya borracho del licor y del dolor, canta para sí mismo: me dejaste la ilusión de mi existencia, me dejaste envenenada una herida. Él prefirió seguir embriagándose para pensar más en ella, que lo abandonó, sin darle explicaciones, sin dejarle un adiós. Siguió bebiendo como si fuese un exorcismo, para tenerla más cerca y a la vez, alejarla de sus sentires. El amanecer le sorprende con el sol en su cara, tirado en el andén de la cantina. Con esa conocida sensación que suele dar, que combina la liviandad del alcohol en las venas con la obligación social que se hace para aparentar sobriedad y, se va presuroso a su casa.

Al llegar, doña Marina le cuenta del tiroteo de la noche anterior, se encuentra con las miradas de los gallinazos que algo malo le vaticinan. Desesperado busca a su hijo, hasta que lo encuentra en el pastizal, pero ya yerto a balazos. El dolor es tanto que no le cabe en el pecho, abraza a su hijo, le acaricia, le llama, le llora, le extraña para siempre. Ya no pudo verlo más sonreír, ni siquiera al entregarle la bici que le había comprado antes de entrar a la cantina. Tuvo que enterrarlo con el traje nuevo en la caja en donde estaban las Kaláshnikovs que de manera extraña le llegaron. El altar lo tienen bien bonitico, tóqueme la marcha, mis ojos lloran, yo he de verte.  


Relato inspirado en el Cortometraje Kalashnikov (2013) Director: Juan Sebastián Mesa, proyectado en Popayán, Colombia, en el 8 Festival de Cine Corto de noviembre de 2016.

 

 

 

 

Discurso sobre escribir de Alfredo Molano al recibir el Premio a Vida y Obra Simón Bolívar

Para el sociólogo colombiano Alfredo Molano al merecerse el máximo galardón del Premio Simón Bolívar escribir es:

“Es ir hasta mis confines guiado por la vida del que está al otro lado. Para mí, escribir es enfrentarme al ruido y al tiempo. Los primeros palotes, largos y negros, hechos con un lápiz sin punta, desbordaban los renglones del cuaderno; cuando aprendí a hacer las letras, palmer, con pluma, las manchas eran mi firma… No aprendí a escribir bien a máquina, pero me gustaba oír el timbre al final de la línea. En una vieja Olivetti logré sacar en limpio una denuncia sobre las injusticias que a mi manera de ver se cometían en el colegio cuando cursaba tercero de bachillerato…

En la universidad mi escritura se volvió acartonada y seca, no encontraba ni el tono ni el tema porque mis lectores eran profesores… Mi primer libro, escrito a mano y con lápiz como todos los de aquellos días, tenía tantas enmiendas como frases. Contaba mi encuentro con los ríos del piedemonte, con las guerrillas y con la coca. No fue propiamente un libro sino un cuaderno de campo escrito en una canoa, en una hamaca, en una estación de bus. No buscaba contar sino contarme. Quería conservar el eco de una madrugada a orillas del río Guayabero oyendo los micos churucos –que gruñen como tigres mariposos–; la peligrosa desconfianza de los guerrilleros y el vértigo alucinado con que los colonos machacaban con sus botas las hojas de coca, para sacar de ellas lo que ninguna promesa de gobierno había hecho realidad…

Escribí buscando los adentros de la gente en sus afueras, en sus padecimientos, su valor, sus ilusiones. Borraba más que escribía, hurgaba, rebuscaba el acorde de las sensaciones que vivía la gente con las que yo mismo llevaba cargadas en un morral. Un río crecido, una noche oscura, un jadeo debajo del aguacero que golpea un techo de zinc, el terror de oír armas en las sombras eran caminos por donde entraba la vida que se jugaba en las selvas y por donde llegaba su soplo a mis letras. Creo que sólo ahí, en el acecho, en el peligro, en el miedo aparecía el reclamo de justicia que yo buscaba para contarlo.

Escribir para mí es templar mis más secretas cuerdas y por eso tengo que borrar hasta traspasar la hoja, hasta encontrar el tono de la pasión por la vida y por la belleza que tiene la gente con la que me topo. La gente cuenta cuando se le oye y lo hace con una sinceridad limpia, cuenta lo pasado como si lo estuviera viviendo, en presente. Y lo hace con generosidad, con soltura, con humor, con fuerza. Chisporrotea. No es difícil oírla porque habla lo que vive. La dificultad comienza cuando el que trata de escribir no oye porque está aturdido de juicios y prejuicios, que son justamente la materia que debe ser borrada para llegar al hueso.

Mi oficio de escribir se reduce a editar voces que han sido distorsionadas, falsificadas, ignoradas. No puedo escribir una línea que, de alguna manera, yo no haya vivido. Por eso no escribo una sola sobre tecnología de la comunicación, sobre química o sobre jurisprudencia. Y por eso escribo con gusto cuando lo hago en primera persona. Escribir para mí, es ir hasta mis confines guiado por la vida del que está al otro lado. Mi escritura –o lo que yo llamo así– es un puente construido sobre los escombros del prejuicio, incluido el mío. He pagado un alto precio por apartarme de la mirada oficial, la que llaman “políticamente correcta”: tan falsamente objetiva como parcial y aséptica. He tomado partido contra las imputaciones criadas por el interés privado contra la gente que anda por las trochas y por los atajos, por las calles sin asfaltar, y que nada esconde porque nada tiene que perder.

El país está lleno de prejuicios, sometido a ellos. Han sido construidos con método, calculadamente, a mansalva y sobre seguro. Surgen de los miedos e intereses de los poderosos. Y avasallan, envuelven y destruyen. No sólo no dejan oír, sino que tampoco dejan ver. O más bien, dejan ver sólo lo que a través de sus oscuros cristales quieren ellos que se vea: un mundo de buenos y malos donde estos no son nunca ellos. Desde hace más de un siglo se está elaborando esa mirada, esa muralla, esa frontera. Transgredirla tiene costos: el aislamiento, el señalamiento, el bloqueo, en fin, el arrinconamiento. No es posible seguir mirándonos con un solo ojo, debemos desnudarnos para saber quiénes somos, para poder vivir juntos con todas nuestras flaquezas y nuestros errores. Hay que ir más allá, el horizonte alumbra y llama. El tiempo de la sangre está siendo sepultado”.


Felicitaciones al siempre bienvenido Alfredo Molano, sus geniales letras juntas, nos inspiran tanto y a tantos. Gracias, compartimos el merecido premio.

 

Fuente: Las inspiradoras palabras de Alfredo Molano al recibir el Premio a la Vida y Obra. Revista Semana. 3 de noviembre 2016

Turumama, Viuda, Bruja y Duende: habitantes de otros mundos posibles

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La Turumama por tanta belleza que la adornaba, enamoró para siempre al Arcoiris, que no dudó en preñarla. Al dar a luz, perdió a su bebé entre las aguas del río. Al ver lo sucedido, Dios pensó que ella había actuado con premeditación y la condenó a andar de río en río, por sí lograba encontrar a su hijo. Desde entonces, cumple ese sino. Mientras se divierte comiéndose a los hombres que tienen la desgracia de topársela en algún camino apartado del pueblo. Ella huye cuando hacen una cruz en el aire con un machete o a la voz de algún rezo católico.

Por su parte, a la Viuda también la divierte hacerle maldades a los hombres que se le atraviesan en su deambular por sitios solitarios y escabrosos. Al lograr seducir a los infieles les quita el entendimiento.

La Bruja disfruta chupándole la Gracia/Virtud a los niños. Sin embargo, esta nefasta situación se puede evitar, sí a los infantes se les coloca una paila caliente con una varita de aluminio en la cabeza. A veces cuando los cazadores de brujas la capturan, la ven en su transformación de bimbo a una mujer desnuda.

Mientras estas fatales y encantadoras mujeres de otros mundos, hacen lo suyo, por que así les tocó, porque en vida  se excedieron o por su destino; el Duende puede enseñar dones, como tratamientos para el Mal de Ojo, maestría en interpretar la guitarra o en el arte de coser. Pero, para que a él se le dé enseñar, primero debe aterrorizar a los aprendices, porque el miedo forma parte del mágico encuentro. Dicen, quienes lo han visto, que el travieso Duende vuelve tontas a las niñas, que comen excremento de vaca pensando que saborean un rico pastel.

De nuevo, los personajes que visten a las leyendas colombianas llenan de sentipensares, de controles sociales, de representaciones del miedo a las personas que los ven y los escuchan. También refuerzan las doctrinas hegémonicas, al censurar comportamientos apartados de lo socialmente aceptado.


Entradas de Etnicográfica asociadas a este tema:

Mitos y leyendas colombianas: representaciones simbólicas del multicolor étnico

El Guando


Gratitud a:

Victor David Aranda Rivera, Yenhy Liliana Burbano Urbano, Yeny Alexandra Chamizo Villaquiran, Luisa Mercedes Díaz Del Castillo, Jhon Alexander Fernández Olivares, Paola Andrea Jiménez Viveros, Leidy Johana Moreno Meneses, Tania Isabel Muñoz Gallardo, Julieth Alexandra Ojeda Palacios, Angie Tatiana Ortiz Pulido, Adriana Victoria Rivera Narváez, Yesica Marcela Ruiz Castillo, Deisy Lorena Salamanca Acosta y María Fernanda Velasco Hernández. Estudiantes de Comunidad 1 del Programa Trabajo Social de la Fundación Universitaria de Popayán.

Clase del 31 de octubre de 2016 dedicada al estudio de epistemologías de otros mundos posibles.

 

 

 

El Guando

guando

Títere de El Guando realizado por Víctor David Aranda

Cuatro esqueletos vestidos de monje llevan al Guando por las calles del pueblo. Su misión es aterrorizar a las personas que escuchan sus voces y rezos. El Guando es una de las leyendas colombianas que alegorizan a la temida muerte, y que castiga a los avaros y miserables en su trato hacia las otras personas. El féretro va vacío porque el cuerpo se cayó en un río y por eso su alma está en pena por siempre: … postrado en mi lecho yerto, yo soy un pobre esqueleto, que a mi mismo me da horror, canta Oscar Agudelo. En la fotografía vemos un detalle del títere que realizó Víctor David Aranda para representar su análisis sobre el relato.

 

Otras entradas de Etnicográfica asociadas al tema:

Mitos y leyendas colombianas: representaciones simbólicas del multicolor étnico 


Gratitud a los estudiantes de Comunidad 1 del Programa de Trabajo Social de la Fundación Universitaria de Popayán.

Clase del 31 de octubre de 2016 dedicada al estudio de epistemologías de otros mundos posibles.