Aniversario del Premio Nobel en Literatura para Gabriel García-Márquez

Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad (Gabriel García-Márquez).

«José Arcadio Buendía hubiera querido inventar la máquina de la memoria para poder acordarse de todas», se refería al millar de invenciones tan ingeniosas e insólitas con las que llegaban los gitanos a Macondo. Como los loros que recitaban romanzas italianas, la gallina de los huevos de oro, el mono que adivinaba el pensamiento, la máquina que pegaba botones y que bajaba la fiebre; pero sobre todo el aparato para olvidar los malos recuerdos y el emplasto para perder el tiempo (Gabriel García-Marquez).

La soledad en “Cien años de soledad” 

En un libro que transcurre entre un centenar de vivencias de un pueblo nacido de la necesidad, el destino es encontrarse con la muerte en sus páginas, y aunque la muerte no es el equivalente a la soledad, en esta obra de Gabriel García Márquez, la soledad marca muchas veces el destino de una muerte predestinada.

El relato de la familia Buendía es un enredo, envuelto en felicidades efímeras, propósitos fallidos y relaciones confusas. Donde al inicio nada es lo que parece, pero al final todo es una repetición.


Úrsula como matriarca de la casa Buendía

A lo largo de la historia, el papel de la mujer aunque muchas veces relegado a un plano inferior, en realidad siempre ha sido uno de los más importantes. La base principal del hogar es la mujer, es la madre, es ella quien cría a los niños, los educa y quien manda en la cocina. Por estas razones fue considerada el sexo débil, incluso “la empleada” de la casa tanto por el hombre como por los demás habitantes dentro del núcleo social que es el hogar. Sin embargo, Gabriel García Márquez, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1982, en su obra cumbre «Cien años de soledad», nos da una perspectiva diferente sobre la mujer, una diferente a lo que la sociedad nos ha querido siempre vender.


Ángela Vicario -la escritora- en “Crónica de una muerte anunciada” de Gabriel García Márquez

Ángela Vicario era la más bella de cuatro hermanas; la soltera de una familia con escasos recursos económicos que recibió de muy buena gana la propuesta de matrimonio entre la joven y Bayardo San Román, el forastero que había llegado al pueblo buscando con quién casarse y quedó prendado de ella cuando la vio en la verbena de caridad en la que cantaba la rifa de una ortofónica con incrustaciones de nácar. Ella no quería casarse, “no había intentado seducirla, sino que hechizó a la familia con sus encantos” (García-Márquez, 1981, p. 48). Se casaron en una fiesta memorable por el despilfarro y sobre todo por la tragedia. La novia culpó a Santiago Nasar de haberle robado su virginidad, dando inicio a la fatalidad: el abandono del marido a la esposa, el asesinato a cuchilladas de Santiago Nasar a manos de Pedro y Pablo Vicario, la muerte del padre de los Vicario a quien se lo llevó la pena moral y la desgracia para otros habitantes del pueblo.


La puerta fatal de “Crónica de una muerte anunciada” de Gabriel García Márquez

Santiago Nasar vuelve a morir cada vez que, Gabriel García-Márquez, narra en “Crónica de una muerte anunciada” cómo ocurrió su asesinato. El último recuerdo que conservó su madre, Plácida Linero, fue cuando lo vio en la puerta de su dormitorio, buscando una aspirina, para alivianar los malestares propios del guayabo que le habían quedado de la fiesta del matrimonio entre Ángela Vicario y Bayardo San Román. Las puertas que aparecen como punto dramático en el desarrollo de toda la trama, son el motivo de este escrito. Desde las primeras líneas, para el lector es claro que Santiago Nasar es asesinado sin cruzar la puerta principal de su propia casa, y que ya se sabía que lo iban a matar; el asunto que atrapa en la lectura –por supuesto- es conocer los detalles de la tragedia.

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