Película “Dar la cara” y Mafalda: la niña terriblemente ética

Rosa Patricia Quintero Barrera

 

…yo necesito que ganés, todos necesitamos un pequeño triunfo,

aunque no sea gran cosa, entendés…

Fragmento de un diálogo en la película Dar la cara

 

Dar la cara, la película dirigida por José A. Martínez Suárez, en blancos y negros, muestra la vida de tres muchachos después de haber prestado el servicio militar en la Argentina de los años sesenta. No sólo inspiró a Quino a tomar el nombre de Mafalda para Mafalda; sino también las incertidumbres del cotidiano, del real que Beto, Bernardo y Mariano cruzaron hacia el ciclismo, la política y el cine. La película refleja el sentir y la praxis de los bonaerenses de la época, cruzados por los miedos al fracaso, a la mala suerte. Aunque, sabían que sí eso ocurría, era porque estaban viviendo. Los muchachos transitaban entre protestas por los derechos a la vida digna, fiestas, romances, exámenes en la universidad, entrenamientos de la bici de competencia, caminatas por la ciudad buscando locaciones para la película. Es Mariano quien conoce a la madre de Mafalda, y la escena dura unos minutos, la bebé que tiene nombre de princesa no vuelve a aparecer en la cinta.

La historia del personaje de Mafalda es harto conocida. Surgió del encargo que una empresa de electrodomésticos que hizo a Joaquín Salvador Lavado Tejón, para publicitar sus productos mediante una viñeta que mostrase a una familia ideal. Quino dibujo doce historias, que no fueron tomadas por la empresa; pero un amigo suyo las publicó en Primera Plana, y al acabarse las viñetas, le pidió al dibujante que continuara con la historieta, ya que había sido bien recibida por los lectores del diario.

Mafalda es la niña terriblemente ética. Su voz -por supuesto- se alza en la defensa de los derechos y la dignidad de las personas. Quino sí debió inspirarse en Dar la cara, no sólo por el nombre de la bebé, sino por el contexto que exhibe la cinta, de inequidad, de falta de oportunidades, de pobreza, de exclusión. En la huelga que muestra la película los protestantes llevan pancartas, arengan y colocan carteles con:

¡Decimos rotundamente no! Desde hace dos meses 600 desocupados. En defensa de la nación. ¡Paro general! Por la actualización de los convenios colectivos. Contra la carestía de la vida, para que se pague regularmente a los jubilados y a los empleados del Estado. Contra la desocupación y la miseria. El pueblo aplastará a los monopolios. Ha sido clausurado, las instituciones culturales y artísticas del país. ¡Exigimos su reapertura!

A través de la voz de Mafalda, Quino pedía paz, dijo Carlos Garaycochea. En 1973 no quiso volver a dibujarla, el cansancio lo alcanzó, la veía repetida, con finales predecibles. Quino y la princesa Mafalda se dejaron. Ya él no quiso trazarla más, no quiso llevarla al universal de las tragedias. Pero ella le persigue, no quiere acallar su voz, le respira bien cerquita: ya sea con los innumerables premios que ha recibido, las conferencias y entrevistas que atiende, las traducciones de los libros, las publicaciones.

Mafalda es la niña terriblemente ética porque piensa en la otredad. Se preocupa por las mujeres que ya no aspiran sólo a tener hijos y a complacer a un esposo, piensa en la educación y en lo poco que ofrecen algunos maestros que silencian la crítica, ve al mundo lleno de heridas que urge de cuidados intensivos, comparte con Guille su hermanito la plenitud de lo escaso que les espera, cuestiona las brechas generacionales. La rebeldía de Mafalda con lo instituido, es lo que la hace reflexionar sobre el sentido de la vida, y eso justo es la ética para Enrique Dussel: proyectos de vida que exijan cambiar las conductas hacia los demás, hacia la naturaleza en la vida cotidiana como totalidad de existencia. Por eso, la niña que no gusta de la sopa, también canta con The Beatles: Imagina toda la gente viviendo la vida en paz. 

 


Fuentes consultadas

Conferencia “Una historia de Mafalda: potencialidades y desafíos del humor” [2015]. Universidad Alberto Hurtado. Chile. 2015. Disponible en https://www.youtube.com/watch?v=T7ZdYPb-O_s 

Conoce a Quino (El creador de Mafalda). Publicado por Alejandro Boglione. Disponible en https://www.youtube.com/watch?v=KFanNR-Ti1Y

Enrique Dussel Clase de Ética. Disponible en https://www.youtube.com/watch?time_continue=1137&v=dDZxrRtOqpk

Martínez Suárez, José A. (Director). 1962. Dar la cara. Argentina. 111 minutos. Disponible en https://www.youtube.com/watch?v=Teluh-MVMlQ

Anuncios

La sabedora de plantas para curar

 

Rosa Patricia Quintero Barrera

Doña Inocencia ha cogido camino por varias partes del litoral Pacífico, desde Guapi, el resto del Cauca y el Valle del Cauca; en la plenitud vivida de sus largos años. Es una mujer viajera, sabedora de los usos de las plantas para curar y de las maneras de venderlas en los lugares en donde bien la reciben. La conocí en las cercanías del Puente del Humilladero en Popayán. Se había apropiado a su antojo del espacio, dispuesto con el orden que ya tiene memorizado para colocar sus plantas, que entre formas redondas y alargadas, lucen bellos tonos de marrón. A pleno sol, ofrecía sus productos botánicos con el regalo de su eterna sonrisa. Por eso, resultó del todo inevitable arrimarse a conversar con ella, sobre los asuntos importantes de la sanagua, del chaparro, de la zarzaparrilla, de la hoja de gualanday.

Con algo de desconfianza, a que mis preguntas condujeran a que la Policía la quitara del sitio y la despojara de los productos que consigue en fincas de su tierra, algo me quiso contar de sus plantas. Cuando la semilla de la sanagua está biche, se puede beber para mejorar la digestión y las afecciones de la gastritis. La corteza es robusta y rugosa, por eso sirve para hacer botones y masajeadores. Pero también se lava muy bien, se machaca y se cocina en un litro de agua, e igual beneficia los procesos digestivos.

El bejuco del chaparro que se encuentra encima de los árboles de las montañas de la selva chocoana, cura la diabetes, la anemia, el paludismo y las afecciones de la próstata. El tronco de la zarzaparrilla es más común, se encuentra con facilidad en Buenaventura; al prepararse con la hoja del gualanday cura el cáncer.

Mientras me enseña sus plantas, conversa con sus compañeros que venden artesanías, hablan de sus viajes recientes a conseguir aquellos productos que comercializan en la ciudad. Al señor que le dice: Deme algo para la sexualidad, que eso ya no me funciona, y me lo ensayo con usted esta noche; ella le responde en medio de risas: ¡este peruano! Vuelve a la introspección de antes. Alude al origen de sus conocimientos botánicos y curativos, a sus abuelos que sabían del manejo de las plantas, a su tío que tiene una clínica botánica en Cali, a las mujeres de su familia que han sido parteras, que saben hasta recibir a los niños que vienen parados, ocasionándole a la madre los dolores que matan gente.

Doña Inocencia también vende pomadas de azufre para las quemaduras y los dolores; y el extracto de uña de gato balsámico que hace un señor de Leticia. Para volver a ver la sonrisa de doña Inocencia, por fortuna, quedaron expectantes a otra conversación: la costumbre de ombligar a los recién nacidos, las curas a la impotencia y las oraciones del Gran poder de Dios, del Justo Juez y de la Virgen del Carmen para la buena muerte y que el muerto no se quede penando, dándole sustos a los vivos.


Gratitud a:

Doña Inocencia por la generosidad de compartir su conocimiento y su sonrisa.

Alfredo Valderrutén por sus bellas fotografías y la motivación al encuentro con las plantas.


Asociado a este tema:

 

 

¿Cómo explicar el dolor?

Felipe Andrés López García

De modo que ocupémonos sólo del dolor. Admito, y de buena gana, que sea el peor accidente de nuestro ser; soy el hombre que menos lo desea en este mundo, por eso lo huyo, y hasta ahora -¡gracias a Dios!- no tuve mucho trato con él. Pero nos corresponde, si no aniquilarlo, al menos atenuarlo con paciencia, y si ocurre que el cuerpo se altera por su causa, nos toca mantener el alma y la razón firmes ante el poder de su negación.

Montaigne, Ensayos, 1, 14

 

El dolor como complemento de la vida del ser humano, de la persona que siente cómo una herida se vuelve más profunda, cómo un sentimiento socava en las entrañas del alma. Eso tomado desde los sentimientos. Porque cuando hablamos a nivel físico, tomamos un medicamento, pastilla, jarabe, infusión, menjurje o cualquier pócima casera para mitigarlo. Pero cuando el dolor viene de las entrañas, de los más profundo de tu ser, eso tan inexplicable, que solo se soporta con una borrachera, acudiendo a los amigos cercanos, música que te recuerde tu angustia existencial para profundizar en tu masoquismo, ir a ese lugar donde todos concurren a lo mismo: llorar y maldecir a esa persona por el daño causado. Miremos lo que nos dice David Le Breton (1999) respecto al dolor y sus diferentes niveles de soportarlo:

“No existe una actitud establecida en relación con el dolor, sino una probable, pero incierta, reveladora a veces de resistencias insospechadas, o a la inversa, de unas debilidades inesperadas, una actitud que también se modula según las circunstancias. La anatomía y la fisiología no bastan para explicar estas variaciones sociales, culturales, personales e incluso contextuales. La relación íntima con el dolor depende del significado que éste revista en el momento en que afecta al individuo”.

Será que el dolor tendrá que ver con algo cultural, será que en varias partes del mundo o en todo el mundo harán los mismo rituales de sanación (por así decirlo) para curar un corazón roto, un alma rota, un espíritu hecho añicos. Es claro, que hay personas y en especial las mujeres que tienen el umbral de dolor más alto que el hombre, ellas soportan el parto y han sido preparadas por la evolución para aguantar la perdida de sus seres amados, entonces, eso explicaría que anatómica y fisiológicamente estén preparadas para ello.

Volviendo a ese dolor íntimo, a ese dolor interno que sólo se exterioriza cuando los recuerdos invaden nuestra mente, cada espacio recorrido, cada beso, cada roce, una mirada hace que los sentimientos afloren y se evidencien en llanto, esas lagrimas que hacen que nuestro corazón se desahogue y descanse. En la época del filósofo Aristóteles y durante mucho tiempo, el dolor era concebido como una forma particular de la emoción (Ética a Nicómaco, Libro II), que es una dimensión del afectado en su intimidad, pero esa intimidad se pierde en el momento que nos sentimos vulnerables, que nos acoge la depresión producto de ese dolor, de ese malestar causado por la persona que se ama, cómo se puede herir a las personas con una sola palabra, ese momento fulminante y que se siente como cada segundo se vuelve eterno, como el sudor invade cada milímetro de tu cuerpo y sientes que desvaneces en una infinidad de ideas y pensamientos. Lo importante es saber afrontar ese dolor, saber que es pasajero, que pasará y como cualquier herida sanará, como dice Buytendijk “El dolor es dos veces doloroso porque es al mismo tiempo un misterio que atormenta”, es como demonios  que nos persiguen, a quienes tenemos que exorcizar para seguir con nuestras vidas.

Para enfrentar el dolor y poder confrontarlo, tenemos que aceptar la realidad de la situación, afrontar las circunstancias y saber que por cada herida, es una pérdida de una batalla, porque al final llegara quien te ayude a ganar la guerra.


Gratitud al Antropólogo Felipe Andrés López García por compartir su bello y estremecedor escrito sobre ese dolor que nos respira sin sosiego cada vez que le damos espacio para hacer lo suyo en nuestros pensamientos y en nuestras diversas corporalidades.

 

 

 

Lo predecible de saber preguntar

Rosa Patricia Quintero Barrera

El trabajo de campo como se le conoce al acercamiento a aquellos con quienes se quiere hablar a profundidad sobre algo, implica –tanto- interés de quien pregunta como de quien responde, para lograr enredarse ambos en el diálogo.

Así, ocurrió el encuentro entre dos conocedores de la etnografía y de sus propias historias. No sé, si entrevistar de esa manera sea propicio. Porque llegar a los puntos aparte o a los puntos suspensivos, a los silencios, a las omisiones que suelen decir más, convoca a la vicisitud de profundizar o de cambiar el punto de fuga. Conversar con alguien que transita movedizo entre  el método etnográfico, el tema y la vida misma, recuerda la pericia que no se quiere conservar para ahondar en los temas.

Tantas formas de entrevistar. Las más fáciles son las de preguntas establecidas seguidas por respuestas que se anticipan; y las otras, en las que también se prevé qué va a ser dicho, pero permiten un juego de palabras/miradas/complicidades más detenidas/elaboradas/dispuestas. Se alcanza a respirar antes el hipertexto que va a inundar el aire, que va a ser dicho. Sólo es la pericia de quien observa/induce/lleva casi a desiertos sin salida si tiene a bien detenerse o seguir.

Quizá similitudes buscadas, que satisfarán premisas por la obviedad que dispone lo empírico y lo que ya se conoce. Se quedan en lo vano/fútil/cotidiano del arte de saber preguntar. Anidan en el sinsentido, por el contexto de cualquier entrevista, en la que las respuestas se saben y las preguntas también.

Por eso, en la mirada antropológica preferimos la observación. Sin colocación/suelta/divertida/espontánea, in situ como dirían los que se guardan en el saber. Diálogos y encuentros de ethos que subsisten en el mismo calendario, pese a que las existencias no sintonicen. No tienen por qué acordar, son senti-razones plurales. Y justo, eso, hace tan excepcional/maravillosa/inquietante la naturaleza humana, que –siempre- merece ser sorprendida por unas ciertas notas en una libreta de campo; que con letras de tinta verde no sólo registran las palabras y las corporalidades, sino también las pausas, las metáforas y los silencios intermitentes que más cuentan.

 

La otra mira de Campanario

La otra mira de Campanario recuerda las posibles maneras de sentirse y de narrar lo observado, a partir de quién siente y escribe sobre lo que ve. En este bello texto, Luz Helena, es generosa y sincera al contar con sus propios términos cómo percibe el consumo, la publicidad, la acumulación, la bulla y lo ficticio que nos ofrece un Centro Comercial de una ciudad, en donde los artificios de objetos -la mayoría innecesarios- se exponen para ser soñados y sí se puede, comprados.

Ella contrasta dos mundos: el de quienes viven inmersos en el capitalismo y el de ella -el mundo Misak-, en donde la opulencia del verde y de la solidaridad, no dejan olvidar que otras cosmologías y maneras de sentir la vida son posibles.

Gratitud a Luz Helena por permitirnos publicar su escrito y re-conocer la otredad

Por: Luz Helena Almendra Aranda

Al llegar a Campanario, admiré todo lo visto por mis ojos, sólo caminaba a donde la profesora y con afán. Pensé por qué hay un mundo de lujo, obvio no va ser para todo el mundo, yo ya había caminado por algunas partes antes, sólo que omito con quien, y el por qué, un pasado que no olvido al caminar allá, pero no importa, llegué como primera vez a ver, que es lo más triste. Mi padre me decía: nunca se entra a ver cosas sin tener plata, pero una miradita no pasaba nada.

Campanario lo veo como un castillo para princesas, príncipes y reyes, donde su patio de bailes es grande y lujoso, todo de oro, donde todos los acudientes a ese castillo son personas de alta economía. Observando tanto producto, no miraba su validez, o su sabor, o su belleza, sino qué hay detrás de todo ese castillo, qué hay detrás de esas paredes tan relucientes, qué hay detrás de tanta gente creyendo ser ilustres.

Miré fijamente sus patios profundos, llorando por tanta construcción sólo para satisfacer a los reyes. Los siervos estaban tan en ese mundo obedeciendo que pensaban que eran uno de los reyes, y dejaban poco a poco su moral, ética, o algunos sólo por ser incluidos en ese mundo trabajan arduo solo para seguir siendo ignorados y nunca salir del puedo dado.

Al ver personas (los reyes o príncipes de ese castillo) vi que su razón los dominaba, y que su alma, se había alejado demasiado, alma donde los llena de sentimientos verdaderos solo se alimenta de amor y paz. Pero sólo viven en medio de oro, joyas, plata, y los llena el egoísmo, el poder, y no ven más allá de su realidad, o de su pueblo que lucha, trabaja día a día, para que ellos vivan como están.

Ese castillo es uno de tantos en el mundo que es completamente mágico, donde lo mágico son sus trabajadores; y sí sus raíces se desgastan, mueren, o ya no pueden más, se derrumbaría como en un terremoto, que sin piedad hace caer lentamente ladrillo por ladrillo, dejando que brille la igualdad, y liberando a miles de esclavos del maltrato, o violencia laboral; sé que en esta vida si no se trabaja, se muere de hambre, pero sé que la unión hace el hombre un hombre igualitario, pero la realidad es que gana la desigualdad arrasando con todo y que a pesar de eso luchamos por salir adelante, porque unos nos nacen con estrellas y otros nacen estrellados.

Sólo digo que la observación me demuestra, lo poderoso que son un pueblo unido, pero que esa unión sea para servicio de todos no de unos cuantos, casi no voy allá no porque no pueda, sino porque, duele ver personas que no están satisfechas de la vida, o que fingen estar felices. En cambio, mi mundo a pesar de no ser un castillo ni de ladrillos, si es árboles grandes que abrigan mi ser, terrenos extensos que brillan de felicidad al seguir produciendo agua para todo el mundo, este mundo mío tan pequeño pero a la vez inmenso en sabidurías y natural ello lo hace más valioso que todo el oro o la plata, un mundo de estrecha relación entre hombre y naturaleza donde ahí si hay igualdad se respetan uno a otros y permanece en pertenencia mutua.


Luz Helena Almendra es estudiante de tercer semestre de Diseño Visual del Colegio Mayor del Cauca. Este escrito fue realizado por ella para la Asignatura de Métodos de Investigación.

Una noche en la New York de Pueblillo

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Rosa Patricia Quintero Barrera

En la noche del viernes brillan las luces de la Discoteca New York, en Pueblillo, Cauca. Es un negocio de familia, que lleva más de 62 años, cumpliendo su cometido de reunir a los que gustan bailar la buena salsa, cuenta Don Ovidio, el dueño del lugar. Por el momento sólo tres bellas mujeres están en la barra, conversando con él. Dice que ojalá llegue más gente, porque las chicas quieren bailar.

Son unos 10.200 discos de vinilo, coleccionados en dos generaciones, colocados en las estanterías, con el orden que Don Ovidio conoce a la perfección; tanto que la canción que los rumbiadores de la salsa de antes y de siempre, le pidan, él la encuentra y la pone a rodar en el tocadiscos.

New York es una maravilla para los ojos. No se sabe en dónde detener la mirada. Sí en los objetos colgados del techo, en el armario a la vista colmado de trajes y de disfraces, en la enorme caja de zapatos de tacón y de charol, en las máscaras como la del Diablo, en el mobiliario que de tantas historias habrá sido partícipe, en el teléfono de discado, en las luces de colores que se persiguen en el suelo, redondas, intermitentes y sinfín. Parece navidad, parece cualquier época, parece ayer. Es la parranda de música que brota por cada toque de cueros, con esa ancestralidad negra, del África ardiente.

Del techo suspendidos casi que sin gravedad, los objetos recuerdan a los juguetes de la infancia, como el yas y la pelotica de goma, que tantas horas y risas se robó ya hace unos tantos años; las artesanías que hacía la abuela; el calendario Bristol que le servía al abuelo para planear sus cultivos de trigo y café; la crema de la mamá. También están suspendidos los rulos, las bolas de navidad, los zapaticos de bebés, los botones, las campanas, la novela de Arandú, el lapicero azul que tanto escribió.

El sitio llama a los salseros. Llegan en parches de amigos, en parejas de amantes; que beben lo que quieren. Pero, van es a bailar, a azotar baldosa. Como es el suin en Colombia: brinquitos, amacices, soltadas, vuelticas; al puro estilo de bailar en cualquier caseta de barrio de Cali. No se miran los pies; porque la música, el cuerpo y la respiración del otro se siente; se anticipa antes del movimiento, no se piensa, ni se planea; porque se baila, simplemente. La costumbre lleva a que los hombres inviten a bailar a las mujeres, las sacan del privado de la barra, al público de la pista de baile: el que baila rico y lleva bien; el que baila mal y es una mamera, tanto que la canción se vuelve eterna, dice una chica.

Suenan tantas canciones: a caballo vamos pal monte… el guajiro… carretero en el campo vive bien… Cuba, mi patria querida, para ti es mi inspiración… que pone a los bailadores a cantar al unísono, porque les recuerda el hondo sueño de la Latinoamérica del Ché y de Martí. Oh, qué sera, qué sera, que anda suspirando por las alcobas, que se oye susurrando en versos de trova…

Y las cinco horas en New York se pasaron como un suspiro de luces, salsa y son. Quedaron muchas risas e historias compartidas, para regresar al normal y con ganas de volver para detallar con más juicio los objetos y curiosear los discos de Don Ovidio.

 

algo de lo que dice la noche de museos

img_20170224_213648

cómo no voy a decir que me gustas… es lo primero que se escucha, en la Plazoleta de Santo Domingo; al son de un bolero. Unos pasos más, hacia el Parque de Caldas: ¿de qué signo eres?Virgo. Ahhh, para qué quiere la piedra. Los números no me cuadran, son las rápidas cuentas que el artesano le hace a su compañera de viaje.

Llega la Noche de Museos en la Blanca Ciudad. Las personas se vuelcan a las calles del Centro Histórico. Los cafés, restaurantes, bares se extienden/adueñan de las vías públicas. Los bailarines de la Escuela de Danza  contornean sus cuidados cuerpos al ritmo del mambo, pasodoble, bolero, tango; justo al frente de la Gobernación del Cauca. El animador pide aplausos y la gente responde entusiasta.

Las personas caminan, van en parejas, en grupos de amigos. Conversan, se ríen, se saludan, se abrazan. Se respira diversión, calidez; en medio del aire un poco frío que recuerda de quién será ese cielo.

A mi, se me dificulta escribir.

Dale, inténtalo! Piensa en que le vas a contar a alguien que no conoce este evento y, tú le vas a dibujar con palabras lo que tus ojos quieren ver

Una niña se ha extraviado. – Sí, vé, por estar chatiando, se les pierden los niños. Pongan atención… Invitamos a la gente a que se acerque.

La apropiación humana de la calle, genera un ambiente de cordialidad. Las sonrisas instaladas en los rostros se vuelven contagiosas. Los pasos de quienes deambulan en grupo se colocan al mismo ritmo, por la proximidad de los afectos y de las complicidades.

La chica se colocó con una mesita improvisada a vender obleas. Dan ganas de la hostia gigante con arequipe y crema de leche, que con $2000 se pueden satisfacer. Mientras los muchachos en la banca, se ríen al unísono, se acomodan para las impuestas fotografías. El domicilio de la oblea vale $2000, le dice la chica que le lleva una, a la niña que se alegra un jurgo al recibirla.

– Mi amor bella, tú eres muy bella, cuándo me das una vuelta en tu bici, o mejor, yo te llevo.

Le arranca una sonrisa. Es el vecino que siempre se encuentra en la Panadería de La Pamba. Mientras sólo escucha y responde con un algo de cortesía; ella, espera verle entre la gente. Lo imagina con esa sonrisa que antes se posaba en su mirada de cristal. Le da escalofrío la -ya- prohibida remembranza, le recuerda la extrañeza del corazón, y va ocupando su lugar, la permanente melancolía.

Llega una oleada de Rap. El que está orgulloso de Colombia, no niega sus raíces. Acompáñenme con el coro: Rap consciencia, rap de verdad, rap con inteligencia. El cantante deja la a capela e inunda de nuevo -al aire- el son callejero, ahora con acompañamiento instrumental, que siempre ha fascinado: no tengo el conocimiento que tiene un doctor, pero tengo la autoridad de un mesías. Pide un aplauso a Dios. Canta/habla: mujer tu no eres perra, ni rata… porque eres valiosa. Se hunde en el discurso  religioso de coloración de evangelización aculturada, de algunos jóvenes de hoy.

De regreso a la Plaza de Santo Domingo, además de los cafés y restaurantes, se hallan varios vendedores ambulantes, que ofrecen variedad de alimentos y bebidas. Los transeúntes se han aglomerado en el lugar, a escuchar a la chica de pelo rojo que bellamente canta. Algunos caminan lento, se detienen, se rozan las corporalidades. Convergen olores de comidas con el fondo de la chirimia, que no puede ausentarse en el social payanés.

Y la noche llama al recogimiento del guardarse en las letras azules, de lo que se pudo escribir, porque no siempre fluye la posibilidad de querer profundizar en la mirada etnográfica.