El dibujo de la etnografía

Laura Lara observa, escribe y dibuja. Ella decide presentar su ejercicio etnográfico de la manera que bien sabe hacer: dibujando a lápiz. Es tan cuidadosa en la descripción de don Rodrigo, como lo es, en cuanto a sus trazos. Su trabajo no nos deja olvidar de las generosas y creativas maneras de mirar y de pasar lo detenido en la observación al registro.


Gratitud a Laura Laura, estudiante de VII semestre de Diseño Visual del Colegio Mayor del Cauca. Ejercicio etnográfico realizado en la clase de Antropología.

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El omnipresente fordismo

Rosa Patricia Quintero Barrera

Qué se muevan las industrias, cantan Los Prisioneros. La frase alude al sistema económico, que tuvo gran empuje con la Revolución Industrial, y los subsecuentes cambios estructurales en la economía del mundo occidental. Desde allí, se marca tarjeta al ingresar a las industrias para dejar constancia del cumplimiento de horarios, de la realización de actividades repetidas y seriadas, de la sumisión a las órdenes, a investirse de uniformes tanto corporales como simbólicos que indican la pertenencia de facto y mental a quienes pagan los sueldos. Ya canta Alberto Beltrán en ‘El negrito del Batey”, porque el trabajo lo hizo Dios como castigo.

Así, inició ese miércoles 8 de marzo en la Ciudad de Paredes Blancas (Popayán – Colombia). Las personas atravesaron el Parque de Caldas, transitaron afanadas, recién bañadas, colocadas para llegar a sus lugares de trabajo. Algunos jóvenes lucían uniformes de instituciones educativas, se preparan para ingresar en breve al mundo laboral, a vender su fuerza de trabajo, de acuerdo a su especialidad en los oficios y en las profesiones, a representarse en lo social en esta sociedad de la toga como diría Bourdieu.

Sin embargo, en medio de los transitares humanos, algunos se instalaron en lugares definidos en el Caldas, como los lustrabotas, los que vendían maíz para detener a las palomas que aún motivan a conversar con ellas y a hacerles fotografías, quienes vendían minutos, el señor que ofrecía: ¡Tamales a la orden, grandes y calientes! Ellos y otros más, vendedores informales, sin seguridades, invisibles para la economía que excluye a muchísimos colombianos, de contar con un sueldo mensual y las debidas garantías legales propias de un contrato de trabajo.

Entre tanto, en la banca del lado, otro señor habló por celular en tono energético. Resultó inevitable, detenerse en la etnografía de voces; además porque el tema de su conversación motivó a relacionar con la productividad que se exige en el social:

– Y don Jesús está también tirado en el lecho?

– Y vos que? Feliz día mujer! Rocío usted tiene que dejarlo que sufra, tiene frío que sufra frío, tiene chucha que se eche limón con sal. Usted trabajando, matándose el lomo. Y lo poquito que se gana se lo va a gastar en él? Déjelo que lleve del bulto. Deja la bulla, ponete seria. La verdad es que nada aprende.

Se le cortó la llamada, y la restableció para seguir con su perorata durante largos minutos:

-Usted sabe cómo es la vida. Usted trabaja, así debe ser. Estoy mamado, cansado de decirle. Ese muchacho va a ser un berraco problema como Sebastián. Si ve! Los muchachos no son bobos!

La consecución del dinero, por el medio que sea, por el que se pueda, forma parte de las prioridades actuales. La mayoría se ajusta a las normas de los sistemas pautados en términos económicos, políticos, religiosos; lo que no necesariamente implica una responsabilidad ética. En Colombia en son de chiste se habla del onceavo mandamiento –no dar papaya-, seguido por –a papaya puesta, papaya partida-. Por supuesto, recuerda los diez mandamientos de la tradición judeocristiana, con la extensión que acá, para algunos es berraquera, pujanza, avionada que implica no dejársela montar, pero sí alguien lo permite, sí alguien da papaya, entonces toca montársela, porque el vivo vive del bobo.

Bastaron unos pocos minutos de observación, para evidenciar la omnipresencia del cumplimiento de horarios y de la sumisión a órdenes que motiva a los jóvenes para preparar su inserción en el mercado laboral y los que ya definieron cómo se desenvuelven en los mundos de las empresas, a levantarse temprano para acudir a donde les corresponde, para invertir su tiempo útil del día haciendo muchas veces actividades arbitrarias y desmotivantes. Porque como increpaba el señor de la banca del lado, a don Jesús y a Sebastián que aún estaban durmiendo y por lo tanto, no estaban prestos a romperse el lomo y que constituían un gran problema; o sea, una carga económica.

Voy a llegar a la gran máquina/Todo es oscuridad/Si agacho un poco la cabeza/Nadie me descubrirá; cantan los chilenos, parece ser el sentir de muchos trabajadores de una obligación que toca cumplir por el miedo a que les cierren las puertas de las industrias, “el que no tiene miedo a perder el trabajo, tiene miedo de no encontrarlo” plantea Eduardo Galeano. Por eso, seguimos madrugando, colocándonos al trajín del estudio y del trabajo, para participar de esta ontología política-económica; ojalá en la que prime la moral de no atropellar a los demás, de no aprovecharse de la eventual falencia del otro, de actuar con honestidad y solidaridad hacia los demás, para construir unos mundos más incluyentes y plurales. Mundos en donde cumplir con las responsabilidades individuales y sociales no sea un castigo, ni esté impulsado por el miedo al marginamiento; sino en donde el transitar por lugares reiterados, como el parque de Caldas, sea la seguridad de encuentros gratos de crecimiento y disfrute.

 

 

La otra mira de Campanario

La otra mira de Campanario recuerda las posibles maneras de sentirse y de narrar lo observado, a partir de quién siente y escribe sobre lo que ve. En este bello texto, Luz Helena, es generosa y sincera al contar con sus propios términos cómo percibe el consumo, la publicidad, la acumulación, la bulla y lo ficticio que nos ofrece un Centro Comercial de una ciudad, en donde los artificios de objetos -la mayoría innecesarios- se exponen para ser soñados y sí se puede, comprados.

Ella contrasta dos mundos: el de quienes viven inmersos en el capitalismo y el de ella -el mundo Misak-, en donde la opulencia del verde y de la solidaridad, no dejan olvidar que otras cosmologías y maneras de sentir la vida son posibles.

Gratitud a Luz Helena por permitirnos publicar su escrito y re-conocer la otredad

Por: Luz Helena Almendra Aranda

Al llegar a Campanario, admiré todo lo visto por mis ojos, sólo caminaba a donde la profesora y con afán. Pensé por qué hay un mundo de lujo, obvio no va ser para todo el mundo, yo ya había caminado por algunas partes antes, sólo que omito con quien, y el por qué, un pasado que no olvido al caminar allá, pero no importa, llegué como primera vez a ver, que es lo más triste. Mi padre me decía: nunca se entra a ver cosas sin tener plata, pero una miradita no pasaba nada.

Campanario lo veo como un castillo para princesas, príncipes y reyes, donde su patio de bailes es grande y lujoso, todo de oro, donde todos los acudientes a ese castillo son personas de alta economía. Observando tanto producto, no miraba su validez, o su sabor, o su belleza, sino qué hay detrás de todo ese castillo, qué hay detrás de esas paredes tan relucientes, qué hay detrás de tanta gente creyendo ser ilustres.

Miré fijamente sus patios profundos, llorando por tanta construcción sólo para satisfacer a los reyes. Los siervos estaban tan en ese mundo obedeciendo que pensaban que eran uno de los reyes, y dejaban poco a poco su moral, ética, o algunos sólo por ser incluidos en ese mundo trabajan arduo solo para seguir siendo ignorados y nunca salir del puedo dado.

Al ver personas (los reyes o príncipes de ese castillo) vi que su razón los dominaba, y que su alma, se había alejado demasiado, alma donde los llena de sentimientos verdaderos solo se alimenta de amor y paz. Pero sólo viven en medio de oro, joyas, plata, y los llena el egoísmo, el poder, y no ven más allá de su realidad, o de su pueblo que lucha, trabaja día a día, para que ellos vivan como están.

Ese castillo es uno de tantos en el mundo que es completamente mágico, donde lo mágico son sus trabajadores; y sí sus raíces se desgastan, mueren, o ya no pueden más, se derrumbaría como en un terremoto, que sin piedad hace caer lentamente ladrillo por ladrillo, dejando que brille la igualdad, y liberando a miles de esclavos del maltrato, o violencia laboral; sé que en esta vida si no se trabaja, se muere de hambre, pero sé que la unión hace el hombre un hombre igualitario, pero la realidad es que gana la desigualdad arrasando con todo y que a pesar de eso luchamos por salir adelante, porque unos nos nacen con estrellas y otros nacen estrellados.

Sólo digo que la observación me demuestra, lo poderoso que son un pueblo unido, pero que esa unión sea para servicio de todos no de unos cuantos, casi no voy allá no porque no pueda, sino porque, duele ver personas que no están satisfechas de la vida, o que fingen estar felices. En cambio, mi mundo a pesar de no ser un castillo ni de ladrillos, si es árboles grandes que abrigan mi ser, terrenos extensos que brillan de felicidad al seguir produciendo agua para todo el mundo, este mundo mío tan pequeño pero a la vez inmenso en sabidurías y natural ello lo hace más valioso que todo el oro o la plata, un mundo de estrecha relación entre hombre y naturaleza donde ahí si hay igualdad se respetan uno a otros y permanece en pertenencia mutua.


Luz Helena Almendra es estudiante de tercer semestre de Diseño Visual del Colegio Mayor del Cauca. Este escrito fue realizado por ella para la Asignatura de Métodos de Investigación.

Una noche en la New York de Pueblillo

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Rosa Patricia Quintero Barrera

En la noche del viernes brillan las luces de la Discoteca New York, en Pueblillo, Cauca. Es un negocio de familia, que lleva más de 62 años, cumpliendo su cometido de reunir a los que gustan bailar la buena salsa, cuenta Don Ovidio, el dueño del lugar. Por el momento sólo tres bellas mujeres están en la barra, conversando con él. Dice que ojalá llegue más gente, porque las chicas quieren bailar.

Son unos 10.200 discos de vinilo, coleccionados en dos generaciones, colocados en las estanterías, con el orden que Don Ovidio conoce a la perfección; tanto que la canción que los rumbiadores de la salsa de antes y de siempre, le pidan, él la encuentra y la pone a rodar en el tocadiscos.

New York es una maravilla para los ojos. No se sabe en dónde detener la mirada. Sí en los objetos colgados del techo, en el armario a la vista colmado de trajes y de disfraces, en la enorme caja de zapatos de tacón y de charol, en las máscaras como la del Diablo, en el mobiliario que de tantas historias habrá sido partícipe, en el teléfono de discado, en las luces de colores que se persiguen en el suelo, redondas, intermitentes y sinfín. Parece navidad, parece cualquier época, parece ayer. Es la parranda de música que brota por cada toque de cueros, con esa ancestralidad negra, del África ardiente.

Del techo suspendidos casi que sin gravedad, los objetos recuerdan a los juguetes de la infancia, como el yas y la pelotica de goma, que tantas horas y risas se robó ya hace unos tantos años; las artesanías que hacía la abuela; el calendario Bristol que le servía al abuelo para planear sus cultivos de trigo y café; la crema de la mamá. También están suspendidos los rulos, las bolas de navidad, los zapaticos de bebés, los botones, las campanas, la novela de Arandú, el lapicero azul que tanto escribió.

El sitio llama a los salseros. Llegan en parches de amigos, en parejas de amantes; que beben lo que quieren. Pero, van es a bailar, a azotar baldosa. Como es el suin en Colombia: brinquitos, amacices, soltadas, vuelticas; al puro estilo de bailar en cualquier caseta de barrio de Cali. No se miran los pies; porque la música, el cuerpo y la respiración del otro se siente; se anticipa antes del movimiento, no se piensa, ni se planea; porque se baila, simplemente. La costumbre lleva a que los hombres inviten a bailar a las mujeres, las sacan del privado de la barra, al público de la pista de baile: el que baila rico y lleva bien; el que baila mal y es una mamera, tanto que la canción se vuelve eterna, dice una chica.

Suenan tantas canciones: a caballo vamos pal monte… el guajiro… carretero en el campo vive bien… Cuba, mi patria querida, para ti es mi inspiración… que pone a los bailadores a cantar al unísono, porque les recuerda el hondo sueño de la Latinoamérica del Ché y de Martí. Oh, qué sera, qué sera, que anda suspirando por las alcobas, que se oye susurrando en versos de trova…

Y las cinco horas en New York se pasaron como un suspiro de luces, salsa y son. Quedaron muchas risas e historias compartidas, para regresar al normal y con ganas de volver para detallar con más juicio los objetos y curiosear los discos de Don Ovidio.

 

algo de lo que dice la noche de museos

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cómo no voy a decir que me gustas… es lo primero que se escucha, en la Plazoleta de Santo Domingo; al son de un bolero. Unos pasos más, hacia el Parque de Caldas: ¿de qué signo eres?Virgo. Ahhh, para qué quiere la piedra. Los números no me cuadran, son las rápidas cuentas que el artesano le hace a su compañera de viaje.

Llega la Noche de Museos en la Blanca Ciudad. Las personas se vuelcan a las calles del Centro Histórico. Los cafés, restaurantes, bares se extienden/adueñan de las vías públicas. Los bailarines de la Escuela de Danza  contornean sus cuidados cuerpos al ritmo del mambo, pasodoble, bolero, tango; justo al frente de la Gobernación del Cauca. El animador pide aplausos y la gente responde entusiasta.

Las personas caminan, van en parejas, en grupos de amigos. Conversan, se ríen, se saludan, se abrazan. Se respira diversión, calidez; en medio del aire un poco frío que recuerda de quién será ese cielo.

A mi, se me dificulta escribir.

Dale, inténtalo! Piensa en que le vas a contar a alguien que no conoce este evento y, tú le vas a dibujar con palabras lo que tus ojos quieren ver

Una niña se ha extraviado. – Sí, vé, por estar chatiando, se les pierden los niños. Pongan atención… Invitamos a la gente a que se acerque.

La apropiación humana de la calle, genera un ambiente de cordialidad. Las sonrisas instaladas en los rostros se vuelven contagiosas. Los pasos de quienes deambulan en grupo se colocan al mismo ritmo, por la proximidad de los afectos y de las complicidades.

La chica se colocó con una mesita improvisada a vender obleas. Dan ganas de la hostia gigante con arequipe y crema de leche, que con $2000 se pueden satisfacer. Mientras los muchachos en la banca, se ríen al unísono, se acomodan para las impuestas fotografías. El domicilio de la oblea vale $2000, le dice la chica que le lleva una, a la niña que se alegra un jurgo al recibirla.

– Mi amor bella, tú eres muy bella, cuándo me das una vuelta en tu bici, o mejor, yo te llevo.

Le arranca una sonrisa. Es el vecino que siempre se encuentra en la Panadería de La Pamba. Mientras sólo escucha y responde con un algo de cortesía; ella, espera verle entre la gente. Lo imagina con esa sonrisa que antes se posaba en su mirada de cristal. Le da escalofrío la -ya- prohibida remembranza, le recuerda la extrañeza del corazón, y va ocupando su lugar, la permanente melancolía.

Llega una oleada de Rap. El que está orgulloso de Colombia, no niega sus raíces. Acompáñenme con el coro: Rap consciencia, rap de verdad, rap con inteligencia. El cantante deja la a capela e inunda de nuevo -al aire- el son callejero, ahora con acompañamiento instrumental, que siempre ha fascinado: no tengo el conocimiento que tiene un doctor, pero tengo la autoridad de un mesías. Pide un aplauso a Dios. Canta/habla: mujer tu no eres perra, ni rata… porque eres valiosa. Se hunde en el discurso  religioso de coloración de evangelización aculturada, de algunos jóvenes de hoy.

De regreso a la Plaza de Santo Domingo, además de los cafés y restaurantes, se hallan varios vendedores ambulantes, que ofrecen variedad de alimentos y bebidas. Los transeúntes se han aglomerado en el lugar, a escuchar a la chica de pelo rojo que bellamente canta. Algunos caminan lento, se detienen, se rozan las corporalidades. Convergen olores de comidas con el fondo de la chirimia, que no puede ausentarse en el social payanés.

Y la noche llama al recogimiento del guardarse en las letras azules, de lo que se pudo escribir, porque no siempre fluye la posibilidad de querer profundizar en la mirada etnográfica.

 

 

Etnografía de sonidos y voces

Rosa Patricia Quintero Barrera

Los cueros y el son de Niche, interrumpen la cotidianidad, con sus voces: ¡Si por la quinta vas pasando! Es mi Cali bella que vas atravesando. Se junta con el ruido de la moto, con los pasos del hombre que trepa la escalera metálica para armar la estructura de guadua en pleno Parque Bolívar, con la cadena de la bici, con el saludo de los compadres que hacía tiempo no se veían. Llega el joven que ofrece planes de celular: ¡Buenos días! ¿Cómo está, le interesa un plan con Claro? Ya maneja plancito. Ahhh bueno, qué esté bien.

El punto de fuga de la mirada etnográfica queda detenido por un instante en la barra de Tintindeo Salsa BarClub. Allí varios hombres comparten unos guaros: ¡Oiga mona, acompáñenos! Ella les regala un no, con una mirada coqueta, aunque las ganas no se le quitan. Hablan duro porque  –si por la tarde las palmeras, se mueven alegres, la noche está esperando fiesta- continúa esparciéndose por el ambiente. Llegan al convite Willy Colón y Celia Cruz; hasta que Gan Gan y Gan Gon al modo de Richie Ray y Bobby Cruz, quedan interrumpidos por la publicidad rodante, que a través del altavoz invita al Estadero campestre El Arado a la Viejoteca que da la bienvenida al final del 2016.

Muy cerca, Maryuri ocupa una banca del parque. No me sigue el diálogo. Está concentrada escribiendo. Su mirada está detenida en algo que después leeré, se encuentra en ese preciso momento de la etnografía en que observa con todos sus sentidos, convierte en palabras escritas fluidas y creativas, lo que sus ojos tienen a bien resaltar de lo cotidiano. Carlos dice: acá se percibe el olor a comida, el viento lo trae: sopas y caldos. A él, también le llama la atención el escaso ruido de carros, le genera algo de tranquilidad el estar en una ciudad más pequeña, menos globalizada que la capital del Cauca.

Llega una oleada sonora con Yo me levanto por la mañana, me doy un baño y me perfumo, me como un buen desayuno y no hago mas na’ mas na’ del Gran Combo, que recuerda a esos hombres instalados en el Tintindeo Salsa BarClub, que siguen conversando sobre los acontecimientos de la semana, de la política del país y de las mujeres que desean; mientras brindan con Caucano Verde y Póker.

Detengo el andar en los Funerales La Ermita. Allí Rocío me ofrece planes funerarios, que contemplan distintas calidades de ataúdes y de servicios. Los cofres están sobrepuestos, lucen diferentes colores, aguardan algún cuerpo frío pronto. Rocío habla de las religiones y de los rituales que cada una dispone para sus creyentes. Comenta de las querellas entre parientes que profesan creencias diferentes, evidentes en el momento de definir las ceremonias fúnebres a sus difuntos. También se refiere a los costos, a los entierros y las bóvedas para quienes son sometidos a la cremación. Reanudo el recorrido por el mercado sabatino, registro expresiones que quieren asistir alguna necesidad de compra:

…por acá señor, por acá caballero, con mucho gusto, ahora sí fue cierto, se armó el bumbum, es cortesía para todos, les entregamos la degustación de arroz flor huila platino para toda la familia, sí la sacó a pasear, venga la atrae a que deguste el arroz, vamos entregando el cachetero para la niña, gafas desde $2000, todo en remate, aprovechen aprovechados que estamos votados, prestobarba a $500, brasier, media a $1000, remates, contra-remates en Varidades Jerry

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Dentro de la Galería en todo su centro, se encuentra Nuestra Señora de Fátima. A su cuidado están 55 peticiones y agradecimientos, algunas son individuales, secretos; otros colectivos. Cada llamita encendida de las veladoras de distintos colores y tamaños envuelve historias y añoranzas que no se conocerán, que sólo forman parte de la vida de quien eligió el color, talvez al encenderla también hizo algún rezo, siempre con la ilusión del milagro.

¡A la orden, mamita!

Me cautiva el señor bello, que está por los sesenta y tantos años. Vende canastos, cucharas de palo y materas. Me le llevo dos jabones de tierra. Ahí, me atrapa doña Elsa, que tiene aguacates y hierbas. Ella habla sobre los riegos, que no les dan a algunos, porque la gente no sabe. Su local no es tan grande. Arma dos atados verdes. Uno con nogal, ajenjo, altamisa, romero, alcachofa, hoja de naranjo agrio y ruda. El otro contiene manzanilla, hinojo, viravira, albahaca que no puede faltar, destrancadera de páramo seca porque -no la traen todos los días, abrecaminos original de la costa de la parte caliente-, valeriana y mejorana. Doña Elsa se esmera en explicarme sobre las propiedades de las plantas, a la vez que refuerza la enseñanza que gusta dedicarle a su hijita, quien ya sabe reconocer los olores, texturas, nombres y tantos usos de las plantas aromáticas, dulces y amargas. Insiste en los días en que se deben hacer los baños y riegos; recomienda tener prudencia con realizar rituales mágicos los domingos, porque es el día dedicado a Dios.

118_7157Ya culminando el periplo hacia el parque, qué me va a comprar, ¿a cuánto me da esto? Deme $45.000 para que se la lleve, le dice el vendedor a la señora que quiere lucir, justo esa chaqueta. Al lado se encuentran dos familiares, el más joven saluda en nombre de Dios, ¿cómo está el tío? Se abrazan y conversan, con la calidez de dos generaciones que se juntan en los afectos y en la vida. Las voces no dejan de llegar al diario de campo: ¡me gustó este ma´, me lo rebaja!, lleve la taza. Y de nuevo música, ésta vez del Mahattan Disco Bar, un cuadro es incoloro, desvanecido del color, le dije a mi corazón que te olvidara, en dónde estarás, nadie lo sabrá.

Por fin, me encuentro con mis compañeros que se acercan a la etnografía, a deleitarse con el estudio de la cotidianidad de los humanos y a la maravilla de escribir. Conversamos sobre los antagonismos de las situaciones: los divertimentos, el alcohol, las músicas, los sonidos de los vehículos, los olores, las arquitecturas, la inmanencia de las creencias, la diversidad étnica y cultural, la vendedora de maní, los intercambios económicos, el amor, la melancolía y el abandono de las muertes.


Relato inspirado en una rápida etnografía centrada en el registro de voces y sonidos en la mañana del sábado, día de mercado en la pequeña ciudad de Timbío (Cauca-Colombia), el 5 de noviembre de 2016.


 

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Gratitud a Jenny Pajoy, Alex Yasnó, Carlos Valencia, Claudia Solarte, José Narváez, Anggie Mosquera, Andrés Solarte y Alejandro Erira; estudiantes del curso de Antropología de Diseño Visual del Colegio Mayor del Cauca.

 

 

 

 

Sobre la fotografía: Susan Sontag

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Susan Sontag, ensayista y novelista norteamericana, nos deja este exquisito libro de la fotografía. El preámbulo de Sobre la fotografía ocurre con el mito de la caverna de Platón. Para contar cómo podemos ver al mundo a través de sombras puestas en escena de los mundos habitados, producto de construcciones intencionadas que otros quieren que veamos, o quizás también soñamos con guardar en el recuerdo y en las interpretaciones.

Sontag como gustadosa del cine, estremece su narración con bellas películas de fotógrafos y de fotografías: Los Carabineros, El fotógrafo del pánico, Si tuviera cuatro dromedarios. A través de las fotografías nos puede caber el mundo en la cabeza. Coleccionamos momentos. Nos apropiamos de lo fotografiado. También son susceptibles de almacenamientos y manipulaciones. Son pruebas incontrovertibles  de vigilancia y control, de rituales sociales. Almacenan remembranzas que pueden ser escritas y dibujadas con palabras.  En ocasiones son lo único queda.

Libro: Sontag, Susan. (2006). Sobre la fotografía. Barcelona:Alfaguara