“Las mujeres que leen son peligrosas” de Stefan Bollmann

Rosa Patricia Quintero Barrera

 

Dicen que leer es un placer, y más cuando se lee un libro sobre las mujeres lectoras y que se encuentra tan bellamente ilustrado. En “Las mujeres que leen son peligrosas”, Stefan Bollmann presenta la historia de la lectura desde el siglo XIII hasta el XXI valiéndose de pinturas y de algunas fotografías. Se centra en artistas que detuvieron su mirada en las mujeres dedicadas a la lectura.

Los títulos del libro: El lugar del verbo, lectoras llenas de gracias; Momentos íntimos, lectoras hechizadas; Residencias del placer, lectoras seguras de sí mismas; Horas de éxtasis, lectoras sentimentales; La búsqueda de sí misma, lectoras apasionadas; Pequeñas escapadas, lectoras solitarias; lo dicen todo y más.

La prologuista es Esther Tusquets, que hace una maravillosa entrada al libro, se increpa sobre sí en efecto pueden ser peligrosas las mujeres lectoras, recuerda a Sherezade, la narradora de historias sin final de las mil y una noches para que el sultán no la asesinase, al papel de las mujeres como portadoras de la cultura:

“Tal vez sí exista, pues, una actitud especial de las mujeres ante la lectura, tal vez sí haya desempeñado en nuestras vidas un papel singular y distinto, y nos haya ayudado a adquirir otra visión del mundo y nos haya hecho en otras épocas más peligrosas. En cualquier caso, merece la pena leer este libro, examinar las imágenes, y plantearse las múltiples cuestiones que planeta” (Tusquest, en Bollman 2011, p.19).


Bibliografía

Stefan Bollmann. (2006). Las mujeres, que leen, son peligrosas. Madrid: Maeva Ediciones.

Las Obras consideradas en esta entrada fueron escaneadas del mismo libro:

Anciana leyendo (La madre de Rembrandt), Rembrandt. (1631).
Arlesiana (madame Joseph-Michel Ginoux). Vincent van Gogh (1888).
Atardecer en la Hamaca. W. L. Palmer (1882).
Joven decadente (Después del baile). Ramón Casas (1899).
Joven leyendo. Jean.Honoré Fragonard. (1770).
Las tres hermanas. Henri Matisse (1917).
Martha Vogeler. Heinrich Vogeler. Hacia 1905).
Marilyn leyendo Ulises. Fotografía de Eve Arnold (1912).
Muchacha leyendo. Théodore Roussel (1886-1887).
Muchacha leyendo con doguillo. Charles Burton Barber (1879).
Mujeres eruditas. Harald Metzkes (2001).

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Ética contra la cultura del privilegio y la trampa

Infografía de Lisa María Lozano Ulloa y Sebastián Arcos Gómez de “Ética contra la cultura del privilegio y la trampa” de Ana Lucía Duque Salazar.

 


Gratitud a

Lisa María Lozano Ulloa y Sebastián Arcos Gómez, estudiantes de la asignatura Ética (Carrera de Diseño Visual, Facultad de Arte y Diseño, Institución Universitaria Colegio Mayor del Cauca, Primer semestre, 2018).

Apropiación del espacio público en la Galería La Esmeralda

José Rodolfo Chantre Guaca

Estiven Hernando Solarte Tenorio

Este ensayo resulta del acercamiento a las herramientas del trabajo de campo que sugiere la etnografía: observación, escuchar/conversar con las personas, anotar en el diario de campo, fotografiar.

Rodolfo y Estiven nos comparten su texto sobre las causas de la apropiación del espacio público de la plaza de mercado La Esmeralda por parte de los comerciantes:

“La plaza de mercado La Esmeralda es un lugar en donde se encuentran gran variedad de productos, y donde la mayoría de comerciantes, trabajan desde muy tempranas horas del día. Algunos vendedores vienen de otros municipios y veredas cercanas a la capital caucana. La mayoría de estos comerciantes, no tienen un local propio para situarse; por ello, recurren a invadir el espacio público. Además de generar problemas de movilidad, se arriesgan a que la policía y trabajadores de la alcaldía les despojen de los productos que vienen a ofrecer. Pero que a pesar de estas circunstancias, estas personas siguen trabajando arduamente, ayudándose entre sí y atendiendo a sus clientes con amabilidad” (Chantre y Solarte, 2017).

Leer texto completo Apropiación del espacio público en la galería La Esmeralda 


Gratitud a José Rodolfo Chantre Guaca y a Estiven Hernando Solarte Tenorio, estudiantes de la asignatura Metodología de la investigación, Carrera de Diseño Visual – Facultad de Arte y Diseño – Institución Universitaria Colegio Mayor del Cauca.

La sabedora de plantas para curar

 

Rosa Patricia Quintero Barrera

Doña Inocencia ha cogido camino por varias partes del litoral Pacífico, desde Guapi, el resto del Cauca y el Valle del Cauca; en la plenitud vivida de sus largos años. Es una mujer viajera, sabedora de los usos de las plantas para curar y de las maneras de venderlas en los lugares en donde bien la reciben. La conocí en las cercanías del Puente del Humilladero en Popayán. Se había apropiado a su antojo del espacio, dispuesto con el orden que ya tiene memorizado para colocar sus plantas, que entre formas redondas y alargadas, lucen bellos tonos de marrón. A pleno sol, ofrecía sus productos botánicos con el regalo de su eterna sonrisa. Por eso, resultó del todo inevitable arrimarse a conversar con ella, sobre los asuntos importantes de la sanagua, del chaparro, de la zarzaparrilla, de la hoja de gualanday.

Con algo de desconfianza, a que mis preguntas condujeran a que la Policía la quitara del sitio y la despojara de los productos que consigue en fincas de su tierra, algo me quiso contar de sus plantas. Cuando la semilla de la sanagua está biche, se puede beber para mejorar la digestión y las afecciones de la gastritis. La corteza es robusta y rugosa, por eso sirve para hacer botones y masajeadores. Pero también se lava muy bien, se machaca y se cocina en un litro de agua, e igual beneficia los procesos digestivos.

El bejuco del chaparro que se encuentra encima de los árboles de las montañas de la selva chocoana, cura la diabetes, la anemia, el paludismo y las afecciones de la próstata. El tronco de la zarzaparrilla es más común, se encuentra con facilidad en Buenaventura; al prepararse con la hoja del gualanday cura el cáncer.

Mientras me enseña sus plantas, conversa con sus compañeros que venden artesanías, hablan de sus viajes recientes a conseguir aquellos productos que comercializan en la ciudad. Al señor que le dice: Deme algo para la sexualidad, que eso ya no me funciona, y me lo ensayo con usted esta noche; ella le responde en medio de risas: ¡este peruano! Vuelve a la introspección de antes. Alude al origen de sus conocimientos botánicos y curativos, a sus abuelos que sabían del manejo de las plantas, a su tío que tiene una clínica botánica en Cali, a las mujeres de su familia que han sido parteras, que saben hasta recibir a los niños que vienen parados, ocasionándole a la madre los dolores que matan gente.

Doña Inocencia también vende pomadas de azufre para las quemaduras y los dolores; y el extracto de uña de gato balsámico que hace un señor de Leticia. Para volver a ver la sonrisa de doña Inocencia, por fortuna, quedaron expectantes a otra conversación: la costumbre de ombligar a los recién nacidos, las curas a la impotencia y las oraciones del Gran poder de Dios, del Justo Juez y de la Virgen del Carmen para la buena muerte y que el muerto no se quede penando, dándole sustos a los vivos.


Gratitud a:

Doña Inocencia por la generosidad de compartir su conocimiento y su sonrisa.

Alfredo Valderrutén por sus bellas fotografías y la motivación al encuentro con las plantas.


Asociado a este tema:

 

 

El dibujo de la etnografía

Laura Lara observa, escribe y dibuja. Ella decide presentar su ejercicio etnográfico de la manera que bien sabe hacer: dibujando a lápiz. Es tan cuidadosa en la descripción de don Rodrigo, como lo es, en cuanto a sus trazos. Su trabajo no nos deja olvidar de las generosas y creativas maneras de mirar y de pasar lo detenido en la observación al registro.


Gratitud a Laura Laura, estudiante de VII semestre de Diseño Visual del Colegio Mayor del Cauca. Ejercicio etnográfico realizado en la clase de Antropología.

Lo predecible de saber preguntar

Rosa Patricia Quintero Barrera

El trabajo de campo como se le conoce al acercamiento a aquellos con quienes se quiere hablar a profundidad sobre algo, implica –tanto- interés de quien pregunta como de quien responde, para lograr enredarse ambos en el diálogo.

Así, ocurrió el encuentro entre dos conocedores de la etnografía y de sus propias historias. No sé, si entrevistar de esa manera sea propicio. Porque llegar a los puntos aparte o a los puntos suspensivos, a los silencios, a las omisiones que suelen decir más, convoca a la vicisitud de profundizar o de cambiar el punto de fuga. Conversar con alguien que transita movedizo entre  el método etnográfico, el tema y la vida misma, recuerda la pericia que no se quiere conservar para ahondar en los temas.

Tantas formas de entrevistar. Las más fáciles son las de preguntas establecidas seguidas por respuestas que se anticipan; y las otras, en las que también se prevé qué va a ser dicho, pero permiten un juego de palabras/miradas/complicidades más detenidas/elaboradas/dispuestas. Se alcanza a respirar antes el hipertexto que va a inundar el aire, que va a ser dicho. Sólo es la pericia de quien observa/induce/lleva casi a desiertos sin salida si tiene a bien detenerse o seguir.

Quizá similitudes buscadas, que satisfarán premisas por la obviedad que dispone lo empírico y lo que ya se conoce. Se quedan en lo vano/fútil/cotidiano del arte de saber preguntar. Anidan en el sinsentido, por el contexto de cualquier entrevista, en la que las respuestas se saben y las preguntas también.

Por eso, en la mirada antropológica preferimos la observación. Sin colocación/suelta/divertida/espontánea, in situ como dirían los que se guardan en el saber. Diálogos y encuentros de ethos que subsisten en el mismo calendario, pese a que las existencias no sintonicen. No tienen por qué acordar, son senti-razones plurales. Y justo, eso, hace tan excepcional/maravillosa/inquietante la naturaleza humana, que –siempre- merece ser sorprendida por unas ciertas notas en una libreta de campo; que con letras de tinta verde no sólo registran las palabras y las corporalidades, sino también las pausas, las metáforas y los silencios intermitentes que más cuentan.

 

La otra mira de Campanario

La otra mira de Campanario recuerda las posibles maneras de sentirse y de narrar lo observado, a partir de quién siente y escribe sobre lo que ve. En este bello texto, Luz Helena, es generosa y sincera al contar con sus propios términos cómo percibe el consumo, la publicidad, la acumulación, la bulla y lo ficticio que nos ofrece un Centro Comercial de una ciudad, en donde los artificios de objetos -la mayoría innecesarios- se exponen para ser soñados y sí se puede, comprados.

Ella contrasta dos mundos: el de quienes viven inmersos en el capitalismo y el de ella -el mundo Misak-, en donde la opulencia del verde y de la solidaridad, no dejan olvidar que otras cosmologías y maneras de sentir la vida son posibles.

Gratitud a Luz Helena por permitirnos publicar su escrito y re-conocer la otredad

Por: Luz Helena Almendra Aranda

Al llegar a Campanario, admiré todo lo visto por mis ojos, sólo caminaba a donde la profesora y con afán. Pensé por qué hay un mundo de lujo, obvio no va ser para todo el mundo, yo ya había caminado por algunas partes antes, sólo que omito con quien, y el por qué, un pasado que no olvido al caminar allá, pero no importa, llegué como primera vez a ver, que es lo más triste. Mi padre me decía: nunca se entra a ver cosas sin tener plata, pero una miradita no pasaba nada.

Campanario lo veo como un castillo para princesas, príncipes y reyes, donde su patio de bailes es grande y lujoso, todo de oro, donde todos los acudientes a ese castillo son personas de alta economía. Observando tanto producto, no miraba su validez, o su sabor, o su belleza, sino qué hay detrás de todo ese castillo, qué hay detrás de esas paredes tan relucientes, qué hay detrás de tanta gente creyendo ser ilustres.

Miré fijamente sus patios profundos, llorando por tanta construcción sólo para satisfacer a los reyes. Los siervos estaban tan en ese mundo obedeciendo que pensaban que eran uno de los reyes, y dejaban poco a poco su moral, ética, o algunos sólo por ser incluidos en ese mundo trabajan arduo solo para seguir siendo ignorados y nunca salir del puedo dado.

Al ver personas (los reyes o príncipes de ese castillo) vi que su razón los dominaba, y que su alma, se había alejado demasiado, alma donde los llena de sentimientos verdaderos solo se alimenta de amor y paz. Pero sólo viven en medio de oro, joyas, plata, y los llena el egoísmo, el poder, y no ven más allá de su realidad, o de su pueblo que lucha, trabaja día a día, para que ellos vivan como están.

Ese castillo es uno de tantos en el mundo que es completamente mágico, donde lo mágico son sus trabajadores; y sí sus raíces se desgastan, mueren, o ya no pueden más, se derrumbaría como en un terremoto, que sin piedad hace caer lentamente ladrillo por ladrillo, dejando que brille la igualdad, y liberando a miles de esclavos del maltrato, o violencia laboral; sé que en esta vida si no se trabaja, se muere de hambre, pero sé que la unión hace el hombre un hombre igualitario, pero la realidad es que gana la desigualdad arrasando con todo y que a pesar de eso luchamos por salir adelante, porque unos nos nacen con estrellas y otros nacen estrellados.

Sólo digo que la observación me demuestra, lo poderoso que son un pueblo unido, pero que esa unión sea para servicio de todos no de unos cuantos, casi no voy allá no porque no pueda, sino porque, duele ver personas que no están satisfechas de la vida, o que fingen estar felices. En cambio, mi mundo a pesar de no ser un castillo ni de ladrillos, si es árboles grandes que abrigan mi ser, terrenos extensos que brillan de felicidad al seguir produciendo agua para todo el mundo, este mundo mío tan pequeño pero a la vez inmenso en sabidurías y natural ello lo hace más valioso que todo el oro o la plata, un mundo de estrecha relación entre hombre y naturaleza donde ahí si hay igualdad se respetan uno a otros y permanece en pertenencia mutua.


Luz Helena Almendra es estudiante de tercer semestre de Diseño Visual del Colegio Mayor del Cauca. Este escrito fue realizado por ella para la Asignatura de Métodos de Investigación.