algo de lo que dice la noche de museos

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cómo no voy a decir que me gustas… es lo primero que se escucha, en la Plazoleta de Santo Domingo; al son de un bolero. Unos pasos más, hacia el Parque de Caldas: ¿de qué signo eres?Virgo. Ahhh, para qué quiere la piedra. Los números no me cuadran, son las rápidas cuentas que el artesano le hace a su compañera de viaje.

Llega la Noche de Museos en la Blanca Ciudad. Las personas se vuelcan a las calles del Centro Histórico. Los cafés, restaurantes, bares se extienden/adueñan de las vías públicas. Los bailarines de la Escuela de Danza  contornean sus cuidados cuerpos al ritmo del mambo, pasodoble, bolero, tango; justo al frente de la Gobernación del Cauca. El animador pide aplausos y la gente responde entusiasta.

Las personas caminan, van en parejas, en grupos de amigos. Conversan, se ríen, se saludan, se abrazan. Se respira diversión, calidez; en medio del aire un poco frío que recuerda de quién será ese cielo.

A mi, se me dificulta escribir.

Dale, inténtalo! Piensa en que le vas a contar a alguien que no conoce este evento y, tú le vas a dibujar con palabras lo que tus ojos quieren ver

Una niña se ha extraviado. – Sí, vé, por estar chatiando, se les pierden los niños. Pongan atención… Invitamos a la gente a que se acerque.

La apropiación humana de la calle, genera un ambiente de cordialidad. Las sonrisas instaladas en los rostros se vuelven contagiosas. Los pasos de quienes deambulan en grupo se colocan al mismo ritmo, por la proximidad de los afectos y de las complicidades.

La chica se colocó con una mesita improvisada a vender obleas. Dan ganas de la hostia gigante con arequipe y crema de leche, que con $2000 se pueden satisfacer. Mientras los muchachos en la banca, se ríen al unísono, se acomodan para las impuestas fotografías. El domicilio de la oblea vale $2000, le dice la chica que le lleva una, a la niña que se alegra un jurgo al recibirla.

– Mi amor bella, tú eres muy bella, cuándo me das una vuelta en tu bici, o mejor, yo te llevo.

Le arranca una sonrisa. Es el vecino que siempre se encuentra en la Panadería de La Pamba. Mientras sólo escucha y responde con un algo de cortesía; ella, espera verle entre la gente. Lo imagina con esa sonrisa que antes se posaba en su mirada de cristal. Le da escalofrío la -ya- prohibida remembranza, le recuerda la extrañeza del corazón, y va ocupando su lugar, la permanente melancolía.

Llega una oleada de Rap. El que está orgulloso de Colombia, no niega sus raíces. Acompáñenme con el coro: Rap consciencia, rap de verdad, rap con inteligencia. El cantante deja la a capela e inunda de nuevo -al aire- el son callejero, ahora con acompañamiento instrumental, que siempre ha fascinado: no tengo el conocimiento que tiene un doctor, pero tengo la autoridad de un mesías. Pide un aplauso a Dios. Canta/habla: mujer tu no eres perra, ni rata… porque eres valiosa. Se hunde en el discurso  religioso de coloración de evangelización aculturada, de algunos jóvenes de hoy.

De regreso a la Plaza de Santo Domingo, además de los cafés y restaurantes, se hallan varios vendedores ambulantes, que ofrecen variedad de alimentos y bebidas. Los transeúntes se han aglomerado en el lugar, a escuchar a la chica de pelo rojo que bellamente canta. Algunos caminan lento, se detienen, se rozan las corporalidades. Convergen olores de comidas con el fondo de la chirimia, que no puede ausentarse en el social payanés.

Y la noche llama al recogimiento del guardarse en las letras azules, de lo que se pudo escribir, porque no siempre fluye la posibilidad de querer profundizar en la mirada etnográfica.

 

 

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