Secuencia de fotografías para los Hijos de la Estrella

Rosa Patricia Quintero Barrera

In memoriam Francisco Quintero Hurtado

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La remembranza de las geometrías, las simbologías, los colores de las columnas de los hipogeos de la sinfín verdeazul Tierra-Adentro (Cauca-Colombia); fue la que motivó la primera fotografía. Allí estaban, en esa amplitud de cemento, acompañándose entre sí, las dos erectas y metálicas esculturas que Edgar Negret hizo para homenajear a los Hijos de la Estrella, al invocar a Juan Tama.

A quien toma esa fotografía, se le junta -inexorablemente- el contexto arqueológico de la Ciudad de los Muertos construida hace tantos años por una cultura de viajeros de la América Andina; con la presente nación Nasa. Juan Tama es uno de los seres más determinantes de la cosmología Nasa. Sobre él existen tantos relatos; unos escritos, otros que persisten en las memorias que llenan de sentido la tradición oral de los viejos y sabedores del origen mítico y de la identidad de la gente Páez. Dicen que llevaba una serpiente que al agitarla provocaba relámpagos para ahuyentar a los enemigos.

Juan Tama habita en la Laguna que lleva su nombre. Para llegar allí, es necesario caminar largas y empinadas horas, limpiar el cuerpo y el espíritu mediante la intervención del Thë′Wala para que los dueños de esas tierras inhóspitas/exuberantes/contingentes/mágicas permitan la visita. Sea para que los cabildantes estrenen sus respectivos cargos al sumergir sus chontas de mando en las aguas de la Laguna, sea para entrenamientos indecibles, sea para rituales de limpieza y protección. Quizá, simplemente para llevarle al Duende tabaco y guayinde, porque eso le agrada, le conmueve y sí tiene a bien, sale al encuentro para conversar sobre los aspectos importantes de la vida. Quizá, para ver a los Armadillos de Oro sobre sus intensas aguas, que pocos ven.

Tantas recordaciones del fuego de esa noche, se atropellaron en la mente y en las emociones, mientras se hacía la fotografía. Algo o todo, fue capturado en las dos que siguen en la secuencia de miradas y de registros. Sólo unos segundos, unas esculturas con tantas intenciones, tres fotógrafos que acercan a su propio modo sus ganas de mirar y de disparar sus cámaras. Cada uno ve lo que quiere ver con los acercamientos que sus sentires les permiten.


Gratitud a Enrique Ocampo  y a Colin McLachlan por la generosidad de compartir sus bellas fotografías, que inspiraron el pensar en las plurales dimensiones de mirar, sentir y registrar.

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In memoriam: Francisco Quintero Hurtado

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Columna de un Hipogeo en el Alto de Segovia del Parque Arqueológico de San Andrés de Pisimbalá, Tierradentro, Cauca, Colombia

A unas cuatro horas desde Popayán está la ciudad de los muertos de Tierradentro. Habitada por los indígenas Nasa. Y lo de la Tierra Adentro es literal: Quienes la disfrutan y la sufren de cotidiano y también aquellos que han tenido la valentía propia del viajero inhóspito de respirarla, bien lo saben. El paisaje es tan montañoso como exuberante. Tonos sin fin de verdes y de azules.

Es necesario tomar la  aguadepanela en Riosucio del restaurante de las mujeres paeces, para luego detenerse en el Páramo de Guanacas en donde los Duendes y el Arco se confunden con los imponentes frailejones.

Sigue Inzá -y todo en medio del dejavú nostálgico de los ancestros- para llegar al Parque Arqueológico de San Andrés de Pisimbalá. Andar cuesta arriba hacia el Alto de Segovia y el Alto del Duende. Ambos repletos de entierros de cámaras funerarias subterráneas.

Ya ahí, el tiempo pareciera estar en el mismo punto: en cualquiera y en ninguno.