De la “teoría” a la “ley” de la evolución

Por: Clive Thompson

Publicado en El Malpensante

Los creacionistas y quienes predican el diseño  inteligente tienen una táctica muy eficaz para adecuar los libros de biología a sus ideas. Ponen un rótulo en la cubierta del libro que dice: “La evolución es una teoría, no un hecho, para explicar el origen de los seres vivos”. Para los que trabajan en ciencia se trata de una maniobra bastante molesta. Si bien es cierto que los científicos se refieren a la evolución como una teoría, en el lenguaje de la ciencia la palabra teoría corresponde a una explicación de cómo funciona el mundo, una explicación que se muestra como verdadera mediante pruebas rigurosas y repetidas.

Sin embargo, para la mayoría de personas, teoría significa solo una posible explicación. Esta manera de entender el término puede convertirse en una forma rápida de diluir un punto de vista serio: “Ah, bueno, eso es tan solo su teoría”. Los científicos usan la palabra teoría de una manera específica; el público, de otra. Los opositores de la evolución aprovechan muy bien esa diferencia de lenguaje para manipular el significado de la palabra. Al final, el verdadero problema de la enseñanza de la evolución no es su contenido, sino el lenguaje usado para referirse a ella. Por eso, para pelear esta guerra es necesario que los científicos cambien los términos en que hablan de su conocimiento.
Algunos ya lo han pensado seriamente. El año pasado, Helen Quinn inició un ardiente debate entre sus colegas físicos con un ensayo, publicado en Physics Today, en el que argumentaba que los científicos son muy tímidos, muy precavidos, cuando discuten sobre su conocimiento. Aunque tengan un 99% de certeza sobre una teoría, saben que siempre existe la posibilidad de que un nuevo descubrimiento la invalide o la modifique. Por eso, cuando hablan sobre cuerpos de conocimiento bien establecidos (particularmente en áreas como la evolución y la relatividad) siempre lo hacen con cautela.
Este lenguaje, al ser deliberadamente cuidadoso, puede dar origen a malentendidos y con frecuencia a una distorsión en el discurso público. Cuando una persona oye frases como “los científicos creen”, lo interpreta como “los científicos realmente no pueden probarlo, nada más lo creen”. Los cruzados contra la evolución han entendido que el lenguaje es la munición de los conflictos ideológicos. Por eso usan esos rótulos enormes en los libros de biología. Toman la fuerza intelectual del lenguaje científico –su precisión, su cuidado– y la vuelcan contra la ciencia misma.
Tal vez sea un buen momento para un cambio en el léxico científico. Si los antievolucionistas insisten en explotar los malentendidos del público alrededor de palabras como teoría y creencia, entonces habrá que pelear. “Tenemos que ser menos cautelosos cuando estemos hablando de conclusiones científicas en las que estemos de acuerdo y en la manera de hacerlas públicas”, dice Quinn.
¿Qué es lo que sugiere? Dado que la ciencia es un cuerpo de conocimiento con fundamentos sólidos, hay que dejar de usar la palabra teoría. A cambio se debe revivir un lenguaje exacto y referirse a esos conocimientos como leyes. Así como con la ley de la gravedad de Newton, las personas entienden intuitivamente que una ley es una regla portadora de una verdad y que debe ser aceptada como tal. Cuando vamos al médico para que nos pongan una vacuna contra la gripe y precisamente contra la última variedad de virus que se ha descubierto, estamos tratando a la evolución como una ley. ¿Por qué no hablar entonces de la ley de la evolución?
Para mayor claridad: si alguien dice “Yo no creo en la teoría de la evolución” suena casi razonable. Pero si alguien anuncia “Yo no creo en la ley de la evolución” suena tan absurdo como decir “Yo no creo en la ley de la gravedad”. Es el momento de entender que tal vez nunca sea posible enseñarle al público el significado exacto del lenguaje científico. Que nunca se podrá comunicar la belleza, la nobleza del rigor y la cautela que son inherentes a las palabras usadas en la ciencia. El discurso público es inevitablemente político, por eso es necesario divulgar la ciencia en términos claros, de una manera que le permita ganar esa batalla política. Al menos, esa es mi teoría.
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